1905 by Leon Trotsky — Read

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El proletariado estaba solo en la lucha. Nadie quería ni podía apoyarle. Esta vez, no se trataba ya de la libertad de prensa, ni de combatir la arbitrariedad de los de uniforme, ni siquiera del sufragio universal. El obrero pedía garantías para sus músculos, para sus nervios, para su cerebro. Había decidido reconquistar una parte de su propia existencia. No podía esperar por más tiempo y tampoco quería. En los acontecimientos de la revolución había tomado conocimiento de su fuerza, había descubierto una vida nueva, una vida superior. Acababa en cierto modo de renacer para la vida del espíritu. Todos sus sentimientos se encontraban tensos como las cuerdas de un instrumento. Nuevos mundos inmensos y radiantes se habían abierto ante él. ¿Será preciso esperar aún por mucho tiempo al gran poeta que reproduzca el cuadro de la resurrección revolucionaria de las masas obreras?

Después de la huelga de octubre, que había hecho de las fábricas ennegrecidas por el humo los templos de la palabra revolucionaria, después de una victoria que había llenado de orgullo a los corazones más pesimistas, el obrero recayó en el engranaje maldito de la máquina. Todavía presa del adormecimiento del alba tenebrosa, tenía que arrojarse a la garganta infernal de la fábrica; avanzada la tarde cuando la máquina finalmente atracada daba la señal con su sirena, el obrero, presa aún y siempre del adormecimiento, arrastrando su cuerpo agotado, regresaba al alojamiento en la noche morosa y lúgubre. Sin embargo, en derredor suyo ardían llamas claras, cercanas e inaccesibles, las llamas que él mismo había encendido. La prensa socialista, las reuniones políticas, la lucha de los partidos, banquete inmenso y maravilloso de intereses y pasiones. ¿Cuál era entonces la salida? La jornada de ocho horas. Fue el programa entre todos los programas, el deseo entre todos los deseos. Sólo la jornada de ocho horas podía liberar inmediatamente la fuerza del proletariado para la política revolucionaria del día. ¡A las armas, proletarios de San Petersburgo! Un nuevo capítulo se abre en el libro austero de la lucha.

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