Explore "Las misas de Navidad" by Manuel Gutiérrez Nájera on Textopian. Read with annotations and highlights.
He salido a flanear un rato por las calles, y en todas partes, el fresco olor a lama, el bullicio y ruido de las plazas y la eterna alharaca de los pitos han atado mis pensamientos a la Noche Buena. Es imposible que hablemos de otra cosa. Las barracas esparcidas miserablemente en la Plaza Principal han estado esta tarde más animadas que nunca. Los vendedores ambulantes no han podido fijarse un solo instante. A cada paso tropiezo con acémilas humanas, cargadas de pesados canastones, por cuyas orillas asoman los tendidos brazos de una rama de cedro, o las hebras canas del heno. A trechos, rompiendo la monotonía de aquella masa humana vestida de guiñapos, asoma una coraza aristocrática y un sombrero de Devonshire. Cogido de la mano de su hermana, va un niño de tres años, mirando con ojos desmesuradamente abiertos cada cosa, y lanzando gritos de alegría, como notas perladas, cuyo revoltoso compás lleva con las carnosas manos impacientes. La luz de las hogueras y de los hachones, llameando velozmente, comunica a las fisonomías ese reflejo purpúreo que ilumina las pinturas venecianas. Ahí distingo el cuerpo esbelto y elegante de la señorita C. , la reina de la delgadez aristocrática, cubierto por un vestido seda perla con grandes rayas negras. Lleva un niño de la mano, y, encorvando su cuerpo graciosamente, espera que el vendedor de tostada cara y gruesas manos llene el cesto que sostiene en sus brazos un lacayo. Es la Diana de Juan Goujon en el mercado.
Una muchedumbre desarrapada circula trabajosamente por la plaza. Los gritos de los mercachifles, que pregonan sus objetos, aturden el oído, junto con el destemplado quejar de algunos pitos, semejante a crujido agrio y rasposo de una falda de seda al desgarrarse. Las velas cloróticas que alumbran las barracas esparcen una luz amarillenta, que contrasta con el rojo radical de los hachones. De cuando en cuando se aproxima un coche, llega, se detiene, salta el lacayo del pescante, se abre la portezuela, cae el estribo y un pie perfectamente aprisionado en un botín irreprochable toca el suelo. Tras de la polla que ha saltado primero del carruaje, y cuyo rostro estamos habituados a mirar en el palco ambulante del paseo y en el trois quarts inmóvil del teatro, descienden los pequeñuelos hermanitos y la mamá que se adelanta paso a paso. A una distancia respetuosa, y colgada del brazo una canasta enorme, viene el lacayo con su librea color de hoja marchita.