Explore "El poder y el delirio" by Enrique Krauze on Textopian. Read with annotations and highlights.
Llego a Caracas la mañana del 4 de diciembre. La chica de la aduana revisa mi pasaporte. A mi pregunta explícita responde sonriente, con el índice en los labios: «Shhh, estoy feliz». Me ofrece bolívares a una tasa que mejora en dos tantos la oficial. «Quiero irme de viaje, usted comprende». Comprendo y me dejo engañar, aunque no al grado en que me imaginaba: el cambio, según me descubre el taxista, está al triple. La travesía hasta el hotel es lentísima debido al tráfico. Los caraqueños parecen haberse acostumbrado a «las colas». Debido, entre otros factores, al subsidio de la gasolina (en Venezuela un galón de gasolina cuesta 7 centavos de dólar; una botella de Coca Cola cuesta lo mismo que llenar un tanque), la importación de autos ha crecido de modo casi exponencial: en 2007, los venezolanos compraron cerca de 500 000 autos, en comparación con los 98 000 de 2002. El desfile de Hummers y otras SUV parece excesivo hasta para alguien proveniente de la infernal ciudad de México, pero entre ambas capitales (similares también por sus índices de delincuencia y su crispación política) hay al menos una diferencia. A pesar de sus casitas encaramadas precariamente en los cerros, del asfalto de túneles y carreteras, de sus anuncios comerciales y su propaganda política, en Caracas la naturaleza sigue viva. Como su emblema, el Cerro del Ávila, es una ciudad milagrosamente verde.
Yo esperaba ver la guerra de grafiti en los muros de Caracas. Semanas antes había consultado un análisis de la Universidad Central de Venezuela realizado entre 2001 y 2002 sobre 740 grafitis (ideológicos, propagandísticos, encomiosos, insultantes, tipográficos, iconográficos, anónimos, identificados). El tema dominante había sido la política (79,7%), y el personaje central, Hugo Chávez, quien en ese periodo particularmente tenso había merecido más de cien calificativos: loco, fastidioso, hablador, terrorista, revolucionario, amigo, gallina, etcétera. En esa etapa, los grafitis habían sido el cardiograma de la política venezolana, pero ya no lo son. Lo que abunda en cambio es el muralismo bolivariano: metros y metros de muros tapizados con las efigies y los lemas de la historia oficial: «Rumbo al socialismo bolivariano», reza uno, con las imágenes hermanadas de Chávez y Bolívar.