Explore "El Caballero Encantado" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Refiérese lo que el caballero vió y oyó en el mísero y olvidado lugar de Boñices.
A la entrada del pueblo, fué recibida la ilustre pareja por una lucida representación de chiquillos descalzos y andrajosos; por una corte de damas escuálidas, ataviadas con refajos corcusidos de mil remiendos, y por algunos caballeros en quienes se suponían, sobre el paño pardo, las invisibles veneras de un trabajo estéril y el gran cordón de la infinita paciencia. Hicieron todos cortesías y zalemas cariñosas, de arcáico son y sentido, y la soberana vieja, que en aquella ocasión, de vieja venerable tenía todas las trazas, avanzó despacio, asida al brazo de su escudero. A cada paso de ella salían de las humildes puertas más desdichadas personas, y cada cual pronunciaba su saludo de afable reverencia. Las calles ó ronderas del pueblo eran como ramblas angostas, llenas de cantos rodados, traídos por las aguas que en días nefastos descendían furiosas de la cercana sierra de Cabrejas. En angulosa encrucijada vieron la torre de la iglesia, alta, fantástica y muda; revelaba su mole una melancolía perezosa; sus campanas, si las tenía, guardaban avaras el son grave y místico. Al ver la torre, preguntó la Señora á sus acompañantes: "¿Y mi buen amigo don Venancio, por qué no ha salido á recibirme? ".