Macunaíma by Mário de Andrade — Read

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Al otro día Macunaíma saltó temprano en el cayuco de palo-de-ubá y se dio una llegada hasta la desembocadura del río Negro para dejar su conciencia en la isla de Marapatá. La dejó en la mera punta de un organillo-yacamarú de diez metros, para que no fuera comida por las tambochas. Volvió al lugar en que las manos lo esperaban y en el pináculo del día los tres singlaron hacia la margen izquierda de la Sol.

Muchos casos sucedieron en ese viaje por caatingas ríos revueltos chorrerones campos-generales arroyaderos aluviones pampas-vírgenes y milagros del interior. Macunaíma venía con los dos manos para São Paulo. Y fue el Araguaya lo que les facilitó el viaje. Por tantas conquistas y tantos hechos pasados el héroe no había ahorrado un solo tostón, pero los tesoros heredados de la icamiaba-estrella estaban escondidos allá en las grutas del Roroima. De esas guacas Macunaíma apartó para el viaje nada menos que cuarenta veces cuarenta millones de granos de cacao, la moneda tradicional. Calculó con ellos un diluvio de embarcaciones. Y se veía linda trepando por el Araguaya aquella retahíla de chalanas, de una en una doscientas en fila india, como flecha sobre la piel del río. Tal cual. Al frente, Macunaíma venía en pie, jetón como mascarón de proa, procurando en la lejanía la ciudad. Cabiuzbajaba y meditabundaba royéndose los dedos ahora cubiertos de verrugas de tanto señalar a Ci-estrella. Los manos remaban espantando a los mosquitos y cada impulso de los remos que repercutía en las doscientas igaras ligadas, arrojaba una cubetada de granos sobre la piel del río, dejando un petate de chocolate donde los curitos pámpanos de barriga roja, doradas-saltadoras bocones uarús-uarás y armados-hociones se regocijaban.

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