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Resultó ser día de fiesta y, por supuesto, nadie trabajaba en Valle Alegre. La pelea de gallos debía celebrarse a mediodía en el espacio abierto detrás de la tienda de bebidas de Catarino Cabrera, casi justo enfrente de la de Dionisio Aguirre, donde las largas recuas de burros descansan en sus jornadas serranas y los arrieros intercambian cuentos sobre su tequila. A la una, el lado soleado del arroyo seco que se llama calle estaba bordeado de dobles filas de peones acuclillados, silenciosos, chupando soñadoramente sus cigarros de hoja mientras esperaban. Los de inclinación bebedora entraban y salían de la de Catarino, de donde venía una nube de humo de tabaco y un fuerte tufo de aguardiente. Los muchachitos jugaban al brinco con una gran puerca amarilla, y en lados opuestos del arroyo los gallos rivales, amarrados de la pata, cantaban desafiantes. Uno de los dueños, un profesional insinuante y práctico, con huaraches y un solo calcetín color cereza, andaba de acá para allá con un puñado de billetes sucios, gritando: "¡Diez pesos, señores! ¡Nomás diez pesos! ". Era extraño: nadie parecía demasiado pobre para apostar diez pesos. Se acercaron las dos y todavía nadie se movía, salvo para seguir el sol unos pasos conforme corría el filo negro de la sombra hacia el oriente. La sombra era muy fría y el sol blanco de puro caliente.
En el borde de la sombra estaba tendido Ignacio, el violinista, envuelto en un sarape hecho jirones, durmiendo la borrachera. Sabe tocar una pieza cuando anda tomado: el "Adiós" de Tosti. Cuando está muy borracho también recuerda fragmentos de la "Canción de primavera" de Mendelssohn. De hecho es el único músico de altos vuelos de todo el estado de Durango, y goza de una justa celebridad. Ignacio solía ser brillante y laborioso -sus hijos e hijas son innumerables-, pero el temperamento artístico pudo más que él.