México insurgente by John Reed

Read "México insurgente" by John Reed online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.

Al amanecer de la mañana siguiente el general Toribio Ortega vino al furgón a desayunar: un mexicano flaco y moreno, a quien los soldados llaman "el Honrado" y "el Más Valiente". Es con mucho el soldado más sencillo de corazón y más desinteresado de México. Nunca mata a sus prisioneros. Se ha negado a tomar un centavo de la Revolución más allá de su sueldo escaso. Villa lo respeta y confía en él quizá más que en todos sus generales. Ortega era un hombre pobre, un vaquero. Se sentó allí, con los codos sobre la mesa, olvidándose de su desayuno, con los ojos grandes relampagueando, sonriendo su sonrisa dulce y torcida, y nos contó por qué peleaba. "Yo no soy un hombre instruido", dijo. "Pero sé que pelear es lo último para cualquier pueblo. Sólo cuando las cosas se ponen demasiado malas para aguantarlas, ¿eh? Y si vamos a matar a nuestros hermanos, algo bueno tiene que salir de eso, ¿eh? ¡Ustedes en Estados Unidos no saben lo que hemos visto los mexicanos! Hemos presenciado el robo de nuestro pueblo, la gente sencilla, pobre, durante treinta y cinco años, ¿eh? Hemos visto a los rurales y a los soldados de Porfirio Díaz balacear a nuestros hermanos y a nuestros padres, y negarles la justicia. Hemos visto que nos quitaban nuestras milpitas y que a todos nos vendían a la esclavitud, ¿eh? Hemos anhelado nuestras casas y escuelas que nos enseñaran, y se han reído de nosotros. Todo lo que hemos querido siempre es que nos dejen en paz para vivir y trabajar y hacer grande a nuestro país, y estamos cansados, cansados y hartos de que nos engañen. ". Afuera en el polvo, que se arremolinaba bajo un cielo de nubes en carrera, largas filas de soldados a caballo estaban en la penumbra mientras sus oficiales pasaban por delante, escudriñando de cerca cananas y rifles. "Gerónimo", le dijo un capitán a un soldado, "regrésate al tren de municiones y llena los huecos de tu cartuchera. ¡Tonto, has estado desperdiciando cartuchos disparándoles a los coyotes! ". A través del desierto, hacia el poniente y las montañas distantes, cabalgaban hileras de caballería, las primeras al frente. Iban como mil, en diez filas distintas que divergían como rayos de rueda; el tintineo de sus espuelas repicando, sus banderas verdes, blancas y rojas ondeando tiesas, las cananas cruzadas brillando opacas, los rifles atravesados sobre las sillas, sombreros altos y pesados y cobijas de muchos colores. Detrás de cada compañía se arrastraban diez o doce mujeres a pie, cargando trastes de cocina en la cabeza y en la espalda, y quizá una mula de carga con costales de maíz. Y al pasar junto a los carros les gritaban a sus amigos de los trenes. "¡Poco tiempo California! ", gritó uno. "¡Ah! ¡Ahí tienes a un colorado! ", aulló otro. "Apuesto a que andabas con Salazar en la revolución de Orozco. ¡Nadie decía nunca 'Poco tiempo California' más que Salazar cuando estaba borracho! ". El otro puso cara de vergüenza. "Pues a lo mejor sí andaba", admitió. "Pero espérate a que le tire a mis viejos compañeros. ¡Ya te voy a enseñar si soy maderista o no! ". Un indito de atrás gritó: "Yo sé qué tan maderista eres, Luisito. En la primera toma de Torreón, Villa te dio a escoger entre voltearte la chaqueta o llevarte un cabronazo o un balazo en la cabeza". Y, echando relajo y cantando, trotaron hacia el suroeste, se hicieron pequeños y al fin se desvanecieron en el polvo.

Villa mismo estaba recargado en un furgón, con las manos en los bolsillos. Traía un sombrero viejo de ala caída, una camisa sucia sin cuello y un traje café muy raído y lustroso. Por todo el llano polvoso frente a él habían brotado hombres y caballos como por magia. Había una confusión inmensa de ensillar y embridar, un tocar cascado de cornetas de hojalata. La Brigada Zaragoza se alistaba para levantar campo: una columna de flanqueo de dos mil hombres que debía cabalgar al sureste y atacar Tlahualilo y Sacramento. Villa, al parecer, acababa de llegar a Yermo. Se había bajado el lunes por la noche en Camargo para asistir a la boda de un compadre. Tenía la cara surcada de líneas de fatiga. "¡Caramba! ", iba diciendo con una sonrisa; "¡empezamos a bailar el lunes en la tarde, bailamos toda la noche, todo el día siguiente y anoche también! ¡Qué baile! ¡Y qué muchachas! ¡Las muchachas de Camargo y de Santa Rosalía son las más hermosas de México! Estoy hecho polvo, ¡rendido! Fue trabajo más duro que veinte batallas. ". Luego escuchó el parte de algún oficial del estado mayor que llegó al galope, dio una orden concisa sin vacilar, y el oficial se fue cabalgando. Le dijo al señor Calzado, gerente general del Ferrocarril, en qué orden debían avanzar los trenes hacia el sur. Le indicó al señor Uro, intendente general, qué provisiones debían distribuirse desde los trenes de tropa. Al señor Muñoz, director del Telégrafo, le dio el nombre de un capitán federal rodeado por los hombres de Urbina una semana antes y muerto con todos sus hombres en los cerros cerca de La Cadena, y le ordenó que pinchara el hilo federal y le mandara un mensaje al general Velasco en Torreón, presentándolo como un parte de este capitán desde Conejos y pidiendo órdenes. Parecía saberlo y ordenarlo todo.

Reading navigation