Read "México insurgente" by John Reed online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Éramos ciento cincuenta los apostados en La Cadena, la vanguardia de todo el ejército maderista hacia el poniente. Nuestro asunto era guardar un paso, la Puerta de la Cadena; pero la tropa estaba acuartelada en la hacienda, a dieciséis kilómetros. Se levantaba sobre una pequeña meseta, con un arroyo profundo de un lado, en cuyo fondo un río hundido salía a la superficie a lo largo de acaso cien metros y volvía a desvanecerse. Hasta donde el ojo alcanzaba, valle arriba y valle abajo, se extendía la clase más feroz de desierto: lechos secos de arroyo y una espesura de chaparral, nopal y palma yuca.
Justo al oriente quedaba la Puerta, que rompía la tremenda cordillera que borraba medio cielo y se prolongaba al norte y al sur más allá de la vista, arrugada como las cobijas de un gigante. El desierto se inclinaba hacia arriba para encontrarse con el boquete, y más allá no había sino el azul feroz del cielo mexicano sin mancha. Desde la Puerta se veían ochenta kilómetros a través del vasto llano árido que los españoles llamaron Llano de los Gigantes, donde las montañitas yacen desparramadas; y a cuatro leguas las casas bajas y grises de Mapimí. Allí estaba el enemigo: mil doscientos colorados, o irregulares federales, al mando del infame coronel Argumedo. Los colorados son los bandidos que hicieron la revolución de Orozco. Se les llamaba así porque su bandera era roja, y porque sus manos también estaban rojas de matanza. Barrieron el norte de México quemando, saqueando y robando a los pobres. En Chihuahua le cortaron las plantas de los pies a un pobre diablo y lo arrearon un kilómetro y medio por el desierto antes de que muriera. Y yo he visto una ciudad de cuatro mil almas reducida a cinco después de una visita de los colorados. Cuando Villa tomó Torreón no hubo misericordia para los colorados; siempre los fusilan.