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Tal había sido la sorpresa de los federales, y con tanta prisa habían huido, que a lo largo de muchos kilómetros la vía estaba intacta. Pero hacia la tarde empezamos a encontrar puentecitos quemados y todavía humeantes, y postes de telégrafo cortados a hacha: pedazos de destrucción mal hechos y apresurados que se reparaban con facilidad. Pero el ejército se había adelantado mucho, y al caer la noche, a unos trece kilómetros de Gómez Palacio, llegamos al punto donde empezaban trece kilómetros macizos de vía levantada. No había comida en nuestro tren. Teníamos apenas una cobija por cabeza, y hacía frío. Al fulgor de antorchas y lumbres, la cuadrilla de reparación cayó sobre su trabajo. Gritos y golpes de acero, y el golpe sordo de los durmientes al caer. Era una noche negra, con unas cuantas estrellas apagadas. Nos habíamos acomodado alrededor de una lumbre, platicando y dormitando, cuando de pronto un sonido nuevo hirió el aire, un sonido más pesado que los marros y más hondo que el viento. Golpeó, y calló. Luego vino un redoble constante, como de tambores lejanos, y luego ¡pum! ¡pum! Los marros cayeron, las voces callaron, quedamos helados. En algún punto adelante, fuera de la vista, en la oscuridad -tan quieto estaba todo que el aire llevaba cada sonido-, Villa y el ejército se habían arrojado sobre Gómez Palacio, y la batalla había comenzado. Fue haciéndose más honda con firmeza y despacio, hasta que los estampidos de los cañones caían resonando unos sobre otros, y el fuego de fusilería rizaba el aire como lluvia de acero. "¡Ándale! ", chilló una voz ronca desde el techo del carro del cañón. "¿Qué están haciendo? ¡Éntrenle a esa vía! ¡Pancho Villa está esperando los trenes! ". Y, con un alarido, cuatrocientos maniacos rabiosos se arrojaron sobre el tramo roto. Recuerdo cómo le suplicamos al coronel al mando que nos dejara ir al frente. No quiso. Las órdenes eran estrictas: nadie debía dejar los trenes. Le rogamos, le ofrecimos dinero, casi nos hincamos ante él. Al fin cedió un poco. "A las tres", dijo, "les doy el santo y seña y los dejo ir". Nos hicimos bola miserablemente alrededor de una lumbrecita propia, tratando de dormir, tratando al menos de calentarnos. Alrededor de nosotros y adelante, las llamas y los hombres bailaban a lo largo de la vía destruida; y cada hora, más o menos, el tren se arrastraba treinta metros y volvía a detenerse. No era difícil de reparar: los rieles estaban intactos. Se había enganchado una máquina destructora al riel derecho, y los durmientes estaban torcidos, astillados, arrancados de su lecho. Siempre el sonido monótono y perturbador de la batalla furiosa se filtraba desde la negrura de adelante. Era tan cansado, tan siempre igual, aquel sonido; y sin embargo no podía dormir. Como a medianoche una de nuestras avanzadas galopó desde la cola de los trenes a informar que a un cuerpo grande de jinetes que venía del norte se le había dado el alto, y que decían ser gente de Urbina de Mapimí. El coronel no sabía de ningún cuerpo de tropas que debiera pasar a esa hora de la noche. En un minuto todo fue una furia de preparativos. Veinticinco hombres armados y montados galoparon como locos hacia la cola, con órdenes de detener a los recién llegados quince minutos: si eran constitucionalistas, por orden del coronel; si no, conteniéndolos el mayor tiempo posible. Los trabajadores fueron apurados de vuelta al tren y se les dieron sus rifles. Las lumbres se apagaron, y las antorchas -todas menos diez- se extinguieron. Nuestra guardia de doscientos se deslizó en silencio a la maleza espesa, cargando los rifles sobre la marcha. A ambos lados de la vía, el coronel y cinco de sus hombres tomaron sus puestos, desarmados, con antorchas en alto sobre la cabeza. Y entonces, de la negrura espesa, apareció la cabeza de la columna. La formaban hombres distintos de los soldados bien vestidos, bien equipados y bien comidos del ejército de Villa. Éstos eran gente andrajosa y demacrada, envuelta en sarapes desteñidos y hechos jirones, sin zapatos en los pies, coronados por los pesados y pintorescos sombreros de tierra adentro. Las reatas colgaban enrolladas de sus sillas. Sus monturas eran los caballos flacos, duros y medio salvajes de la sierra de Durango. Cabalgaban con hosquedad, despreciándonos. Ni sabían el santo y seña ni les importaba saberlo. Y mientras cabalgaban, filas enteras cantaban los corridos monótonos e improvisados que los peones componen y se cantan a sí mismos cuando cuidan el ganado de noche en los grandes llanos altos del norte.
Y de pronto, mientras yo estaba de pie a la cabeza de la fila de antorchas, un caballo que pasaba fue sentado sobre los cuartos traseros de un tirón, y una voz que yo conocía gritó: "¡Ey, míster! ". El sarape que lo envolvía voló por los aires, el hombre se dejó caer del caballo, y en un momento estaba yo estrechado en los brazos de Isidro Amayo. Detrás de él estalló un coro de gritos: "¡Qué tal, míster! ¡Ay, Juanito, qué gusto verte! ¿Dónde has andado? ¡Decían que te habían matado en La Cadena! ¿Corriste rápido de los colorados? Mucho susto, ¿eh? ". Se echaron al suelo, apiñándose alrededor, cincuenta hombres estirándose a la vez para darme palmadas en la espalda; ¡todos mis amigos más queridos de México, los compañeros de la Tropa y de La Cadena! La larga fila de hombres, atascada en la oscuridad, levantó un coro de gritos: "¡Avancen! ¡Vámonos! ¿Qué pasa? ¡Apúrense! ¡No podemos quedarnos aquí toda la noche! ". Y los otros contestaban a gritos: "¡Aquí está el míster! ¡Éste es el gringo del que les contábamos, el que bailó la jota en La Zarca! ¡El que estuvo en La Cadena! ". Y entonces los otros también se adelantaron en tropel.