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Villa se proclamó gobernador militar del estado de Chihuahua y emprendió el experimento extraordinario -extraordinario porque no sabía nada de eso- de crear de su cabeza un gobierno para 800 000 personas.
Muchas veces se ha dicho que Villa tuvo éxito porque contaba con asesores instruidos. En realidad estaba casi solo. Los asesores que tenía pasaban la mayor parte del tiempo contestando sus preguntas ansiosas y haciendo lo que él les decía. Yo solía ir al palacio de gobierno temprano por la mañana y esperarlo en el despacho del gobernador. Como a las ocho llegaban Silvestre Terrazas, el secretario de Gobierno, Sebastián Vargas, el tesorero del estado, y Manuel Chao, entonces interventor, muy afanados y atareados, con enormes pilas de informes, sugerencias y decretos que habían redactado. Villa mismo entraba como a las ocho y media, se dejaba caer en una silla y los ponía a leerle en voz alta. A cada minuto intercalaba un comentario, una corrección o una sugerencia. De vez en cuando meneaba el dedo de un lado a otro y decía: "No sirve". Cuando terminaban, empezaba, rápido y sin detenerse, a trazar la política del estado de Chihuahua: legislativa, hacendaria, judicial y hasta educativa. Cuando llegaba a un punto que lo desconcertaba, decía: "¿Y eso cómo lo hacen? ". Y luego, después de que se lo explicaban con cuidado: "¿Por qué? ". La mayoría de los actos y usos del gobierno le parecían extraordinariamente innecesarios y enredados. Por ejemplo, sus asesores propusieron financiar la Revolución emitiendo bonos del estado con un interés del 30 o 40 por ciento. Él dijo: "Entiendo por qué el estado debe pagarle algo a la gente por la renta de su dinero, pero ¿cómo es justo devolverles la suma entera tres o cuatro veces? ". No podía ver por qué a los hombres ricos se les concedían enormes extensiones de tierra y a los pobres no. Toda la estructura compleja de la civilización era nueva para él. Había que ser filósofo para explicarle cualquier cosa a Villa; y sus asesores eran nada más hombres prácticos.