Explore "La opinión ajena" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
Como otros años, a mediados de mayo hubo feria en Serranillas. El carácter minero de la población, la tolerancia que las autoridades interesadamente dispensaban al juego, los excelentes ejemplares de caballos, carneros moruecos y de toros que allí se mercaban, y el fuerte número de forasteros que estas y otras causas atraían, habían hecho de aquella fiesta una de las más ricas y frecuentadas de la región.
Ya dos días antes de empezar el holgorio comenzó a notarse en la estación del ferrocarril desusado barullo; los trenes llegaban abarrotados de feriantes, y sobre el pequeño andén unos momentos las mantas, las alforjas, los botijos, los colchones, los baúles forrados de hojalata y otros líos, maletas y rebujos de diversos colorines y trazas, componían barricadas pintorescas. Los vendedores más importantes llegaban en carros o sobre mulos. A los ganados se les veía avanzar bajo nubes doradas de polvo por los numerosos caminos de herradura que, faldeando la sierra abrupta, descendían ondulantes hacia el valle, donde humeaban las chimeneas de las minas; y todo componía un jubiloso estrépito de colorines estridentes y de voces, de gruñidos, de bramidos, de relinchos, de agrios, inacabables y flexuosos lamentos de ruedas mal engrasadas, chasquear de látigos, acelerado tintinear de colleras, todo revuelto, chorreando vida y subiendo al cielo en la paz rústica, soleada y azul de la naturaleza primaveral. El viernes, durante la noche, hubo en el paseo un atabaleo de martillos que mantuvo a la chiquillería del lugar nerviosa y despierta hasta muy tarde: eran los trajinantes, vendedores y titiriteros que levantaban sus barracas de lona y tablas. Por toda aquella parte, el pueblo parecía un campamento; en el misterio nocturno, a la luz remisa de los faroles, cuadrillas silenciosas y diligentes de mujeres y hombres, trabajaban afanosamente cavando hoyos, plantando horcones, aderezando con pasmosa destreza anaquelerías y mostradores que luego aislaban entre fantásticos tabiques de trapo; y de las grandes arcas donde los bujeros llevan sus mercancías, las falsas joyas y los juguetes salían a millares.