Explore "La silla del águila" by Carlos Fuentes on Textopian. Read with annotations and highlights.
Mire usted mi general, amigo y hasta superior (aunque nunca por arriba del señor Presidente, que es el jefe nato de nuestras Fuerzas Armadas), mire usted que yo me estoy oliendo rata muerta y sospechando gato encerrado. Tanto usted como yo entendemos que a veces no hay más remedio que usar la fuerza pública. La intervención del Ejército en San Luis Potosí contra los huelguistas que le están haciendo la vida de samurai a los japoneses dejó bien sentado que aquí se respeta la inversión extranjera, que si no fuera porque aquí se pagan salarios bajos ni se pararían por México, dejándonos chiflando en la loma. Lo felicito por la limpieza y rapidez de la operación, mi general. En todo caso, qué bueno que estas demostraciones de fuerza nacionales le tocan a usted.
Ya sabe, mi general, en México siempre ha habido una diferencia entre las cuentas claras y el chocolate espeso, aunque a veces lo que desayunamos los mexicanos es chocolate aguado y cuentas turbias, o sea que históricamente, digo, nos han hecho de chivo los tamales. Ya sabe, mi general, siempre ha habido una diferencia entre los oficiales preparados en las escuelas superiores, como usted, y los que hemos ascendido desde abajo, como yo. No nos quitemos méritos ni unos ni otros. Ya ve usted, mi general Felipe Ángeles llegó graduado de la Academia francesa de San Cir y le ganó la batalla a sus condiscípulos del Ejército Federal en 1914. Pero mi general Pancho Villa era un prófugo de rancho, asesino del violador de su hermana, un bandido a todo trapo, cuatrero y toda la cosa, y un buen día encuentra su bolita, arma un ejército rural de ochenta mil hombres, casi todos campesinos, pero luego se les juntan rancheros del norte, comerciantes, hasta escribidores y gente de razón.