De Cartago a Sagunto by Benito Pérez Galdós

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Casi automáticamente me llevaron mis pasos, no sé qué día, a la casa de Leona. El estado de constante alucinación, que balanceaba mi alma en impresiones de susto y regocijo, sustraíame la noción del tiempo y me daba sensaciones equivocadas de personas y lugares. La vivienda de La Brava se me antojó palacio suntuoso. La señora no estaba, según me dijo una linda criadita al abrirme la puerta. Pasé a la sala y al punto se me apareció don Florestán, en la misma facha y pergenio con que le conocí en el patinillo de Santa Lucía. Las melenas ahuecadas, según la moda del 40 al 50, ornaban otra vez su noble cabeza siciliana. Había vuelto el rosicler a sus pómulos, y a su perilla el negro humo de la sartén. Con voz opaca y un tanto medrosa me dijo: "Estoy trazando un documento importantísimo, con escritura netamente burocrática y todo primor de sellos y estampillas que han de darle la debida eficacia como documento público. Perdóneme que le deje un momento, pues tengo que acabar mi trabajo ahora mismo. La señora no ha de tardar; ha salido en coche".

A punto que desaparecía de mi vista don Florestán, se me presentó Leonarda, en cuya persona vi la más exquisita elegancia y distinción. ¿Era ya Duquesa de Mula? Sentose a mi lado en un rico diván, y apenas me habló de diferentes cosas, ora políticas, ora privadas, advertí la discretísima forma y primor de su lenguaje. No usaba ya sin ton ni son las palabras finas, sino que las seleccionaba, aplicándolas con arte a la expresión de las ideas. Soñaba yo sin duda oyendo la dicción limpia de Leona, cual si pasara sobre ella toda la piedra pómez de la Academia de la Lengua.

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