Explore "Carlos VI en la Rápita" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Era el bodegón de Llopis un local telarañoso y mugriento, donde bebían los que tenían sed y jugaban a los naipes algunos holgazanes viciosos: en él vi el boceto, el trazo rudimentario del moderno casino, sitio de reunión, de vago charlar, mentidero y bebedero público, con el aspecto y colorido que tenían estos lugares en tiempos del Arcipreste de Hita; pero algo más era, pues allí, no el de Hita, sino el de Ulldecona, celebraba juntas, recibía embajadas y mensajes, dictaba órdenes, ejerciendo las funciones de su califato político, social y militar. Entré en el humano pesebre con el propósito de esperar a mi señor don Juan; mas resultó que ya él a mí me esperaba. Los parroquianos que en sucias mesas comían o jugaban, me miraron con curiosidad y respeto, mientras un vejete adiposo, que parecía dueño del establecimiento, me señalaba una escalera de palo, diciendo: «Arriba está Don Juanondón aguardándole». La escalera, de añoso castaño ennegrecido, chillaba con todas las tablas de sus desvencijados peldaños, cuando uno subía por ella: era un son de coplas con cadencia de romance gangoso, recitado por bocas sin dientes. El ritmo de la escalonada madera me llevó a un cuartucho ahumado, que recibía la luz de dos agujeros, más que ventanas, con barrotes en diagonal. Mesa larga del mismo castaño musicante ocupaba el centro, y junto a ella vi a mi señor Arcipreste sentado en un banco, hablando con dos tíos de zaragüelles, grandones, macizos, terribles cuerpos para el trabajo y para la guerra. En lo que don Juan les decía, creí entender órdenes de permanecer pacíficos, y advertencias concernientes a la labranza, todo mezclado; extraño amancebamiento de Marte y Ceres. En el atezado rostro de aquellos interesantes bárbaros, vi la ingenuidad del hombre medioeval, laborioso en la paz, matón en la guerra, defensor de su terruño y de sus rudas creencias con fanático heroísmo. Despidioles don Juan a punto que entraba el hostelero con un jarro de vino blanco y pastelitos tortosinos, que llamanpanolis.
-Siéntese, amigo y tocayo -me dijo el clérigo, a quien noté totalmente aplacado del berrinche-, y charlemos; que una charla sabrosa es el mejor alivio de los ánimos destemplados. He mandado traer este blanco de Sitges y estos pasteles para reparar nuestros estómagos; que hoy apenas comimos. con el jaleo que armé en casa. y las torpezas de aquellas chicas.