Las Tormentas del 48 by Benito Pérez Galdós

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14 de Marzo.- Sin aguardar a que me llamase mi hermana, he ido a verla; tanto me aprieta el afán de reparar la injusticia cometida con el pobre Cuadrado. Aunque la espera no fue larga, aburríame el plantón en la penumbra fría del locutorio, aspirando el singular tufo de convento, mezcla de olorcillos de humedad, de incienso, de ropas de lana en continuo uso. Para colmo de hastío, no había en la estancia ninguna obra de arte con que entretenerme, pues un San Francisco recibiendo la impresión de las llagas, pintura nefanda, con el lienzo podrido a trozos y el marco apolillado, más causaba miedo que admiración. Llegó Sor Catalina presurosa quejándose de que mi visita no anunciada la distraía de ocupaciones apremiantes; pedile perdón por la inoportunidad, y al punto explane el caso de Cuadrado y mi disgusto por la absurda situación en que nos veíamos: él, inocente, castigado; yo, culpable, impune.

Sin mostrarse sorprendida de que yo acudiese a ella para tal negocio, negó su influencia y puso muy en duda la posibilidad de servirme; pero bien se le conocía el discreto fingimiento, porque ni aguzaba las razones ni extremaba el sonsonete gangoso y aflautado. El argumento de más eficacia que esgrimí fue éste: Querida hermana, si tú no hallas la manera de reponer a Cuadrado en su destino, me presento yo al Ministro, y le suplico que dé al otro mi plaza y a mí la cesantía. La abnegación gallarda de este propósito hizo efecto en Catalina, que muy satisfecha me dijo: "¡Cuánto me place ver tan al descubierto tu buen corazón! Así, así quiero yo a mi hermano. Si pudiera yo influir en que se quiten y den destinos, muy pronto quedaríais complacidos los dos. Pero. en fin, yo veré si puedo. No sé a quién podría recomendar.". Aplicando a estas formulillas hipócritas la clave monjil, las interpreté como un lenguaje parabólico para decirme que todo se arreglaría, y que la reparación del grave yerro corría de su cuenta.

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