Explore "España Trágica" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Ramón Cala, muy sereno, dijo a Vicente: «Esto pasa una noche sí y otra también. No salga de aquí si tiene miedo». Ofendió al joven que Cala le supusiera medroso, y sacando su revólver salió a ver la batalla, o a tomar parte en ella si era menester. Los hombres que antes vio, y otros que parecían vendedores del Mercado estaban en la calle, y enredados con la gente de la Porra, llovían garrotazos y mojicones. Parecería batalla de chicos si los disparos de revólver que de una y otra parte se hacían no encendieran y agravaran la pelea. En retirada iban los porros, unos hacia la calle de las Beatas, otros escabulléndose por entre los cajones de la plaza. En la parte baja de esta, hacia la calle de Isabel la Católica, se avivó la lucha, con tiroteo de escopeta y gran carga de palos. Desde la travesía del Conservatorio tronaron los trabucos, y la patulea, viendo cortado aquel agujero de escape, tiró en busca de otro por la calle del Rosal. Nuevos trabucazos, desde la calleja de San Cipriano, asustaron más a los fugitivos, que ya no corrían, volaban. Bueno es decir que si algún trabucaire cargaba su arma con postas y clavos, los más de ellos tiraban con pólvora sola. Paúl dejó el retaco, y apaleó a cuantos cogía por delante entre el Mercado y la redacción, pues los porros más aturdidos emprendieron la fuga por el escalerón de la travesía de la Parada.
En suma, la hueste de Ducazcal había llevado una nueva paliza, que seguramente no sería la última. Alguno de los vencedores aseguró haber visto al jefe de la Porra en la entrada de la calle del Álamo alentando a los suyos. Formaban el Estado Mayor de Felipe algunos policías. «Vaya un paso que llevan -decía Paúl runflante de gozo, rodeado de sus amigos y matones. Vayan a contarle a Sagasta, a Martos y Prim el recorrido que han llevado». Ebrio de victoria, mas no satisfecho con embriaguez puramente abstracta, Paúl se puso a dar gritos: «Tachuela, Ramón, Pepe, que traigan jerez, coñac, cazalla, chinchón, ¡caray! y los doce judíos Apóstoles. Si no lo traen pronto, beberemos la Reina de las Tintas». Llegaban a la redacción o castillo, a recabar sus miajas de gloria, los vecinos que habían intervenido a favor de don José. Corrieron órdenes para traer bebida, y en estas alegrías estaban cuando un carnicero entró diciendo que entre los cajones de la Plaza había visto un cadáver. Un segundo mozo rectificó: no era difunto mismamente, sino herido vivo que a gatas se arrastraba, queriendo salir. Debía de ser de la Porra.