Explore "O'Donnell" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Debe decirse, para mejor conocimiento del proceder y fines de Teresita, que esta, en los últimos días de su intimidad con Valeria, se había hecho cargo con sutil adivinación de que el Marqués de Loarre declinaba rápidamente hacia el cansancio en sus relaciones con la hija de Socobio. No lo advertía la dama; su amiga sí, por virtud de una ciencia no aprendida, a la que daban viveza su admiración del caballero y su ardiente anhelo de serle grata. Y algo más sabía Teresa, que en aquel aprendizaje sacaba, como quien dice, los pies de las alforjas, probando y ejerciendo su nativa aptitud para las artes de amor. Sabía que su persona penetraba en los gustos del Marqués: se lo revelaron ciertos medios de experimentación existentes en el alma de toda mujer, y principalmente en la suya, que era de las más afinadas y conspicuas para estas cosas. Por encima de todas las hipocresías y de las conveniencias que ambos guardaban en la casa de Valeria, Teresa sabía que agradaba al Marqués, y que este se lo habría manifestado si no se lo vedara su exquisita delicadeza. ¿Qué invisible enlace psicológico, qué magnetismo pudo establecer entre ellos este preliminar estado de amistad que tuvo repentino acuerdo en medio de una calle? Ni frase furtiva ni mirada indiscreta pudieron delatar la volubilidad del amante o la traición de la amiga. Miradas y frases hubo de gran sutileza, sólo de los criminales comprendidas por clave misteriosa, y con tales antecedentes no más, se lanzó Teresa a la busca y captura del Marqués de Loarre. Acometió la señorita con fe ciega y ardor esta persecución cinegética, y el éxito fue tan rápido como decisivo.
A los diez días o poco más de estos sucesos, que maldito lo que tienen de históricos, habitaba Teresa un pisito muy mono, calle de Lope de Vega, amueblado con elegante sencillez. Mañana y tarde invadía la casa una caterva de tapiceros, modistas y prenderas, que iban a completar el decorado, a tomar medidas a la señora para diferentes vestidos, o a ofrecerle objetos diversos, gangas y proporciones con que especula el corretaje a domicilio. Gozosa estaba Teresa, la verdad sea dicha, por verse libre, o en esclavitud que no lo parecía, y con ancho camino por delante para correr tras de la risueña Fortuna que desde rosados horizontes le decía: «Ven; aquí estoy». Rota la cadena que la sujetaba al desabrido estado señoritil, ya podía campar a sus anchas, y dar el debido valor a su belleza y a las demás prendas que poseer creía: inteligencia, bondad de corazón, finura social. Bastante tiempo había perdido en la tienta de novios sin encontrar ninguno que le sirviera: el que no era tonto, era malo; el listo pecaba de pobretón, y si algún feo resultaba despejadito, los guapos se caían de bobos. Bien los había examinado ella en el veloz desfile; breve y superficial trato le bastaba para catarlos y calarlos. Si no lo encontró en las condiciones necesarias para fundar un sólido edificio matrimonial con la honradez y ventura consiguientes, no era culpa suya. Su destino le marcaba los caminos irregulares, y por ellos se lanzaba, afirmada su conciencia en la persuasión de que no podría andar por otros. Cada ambición tiene su espacio propio para volar. Que el de la suya era de los más extensos, se lo probaba la grandeza y poder de sus alas.