O'Donnell by Benito Pérez Galdós — Read

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Esto pasaba en la mañana del 10 de Octubre. En la madrugada del 11 ocurrían otras cosas igualmente insignificantes en apariencia, pero que aquí se refieren porque su simplicidad se nos presenta enlazada, horas después, con hechos de evidente complicación y gravedad. Empezaban a salir los invitados a la fiesta de Palacio; arrimaban los coches a la colosal puerta, por la Plaza de la Armería; entraban en ellos, chafándose en las portezuelas, los hinchados miriñaques, dentro de los cuales iban señoras; entraban plumas, joyas, encajes, bonitas o vetustas caras compuestas, y apenas un coche partía, otro cargaba. De los primeros, más que de los últimos, fue un carruaje sin blasones, de un tipo medio entre los elegantes y los de oficio, alquilados por año, y en él entró doblándose un largo cuerpo, un dilatado capote que por arriba remataba en tricornio con plumas, por abajo en botas de charol con espuelas. Tras el sujeto larguirucho no entró en el coche señora, sino dos militares, que por la traza distinguida y cargazón de cordones debían de ser ayudantes. El coche partió, y ninguno de los tres señores en él embutidos pronunció palabra en todo el trayecto desde Palacio al Ministerio de la Guerra. El Presidente del Consejo, General O'Donnell, el más largo de los tres en estatura y en todo, que nunca ejerció la comunicatividad baldía, fue en aquella ocasión arca cerrada.

Llegaron a Buenavista; subieron en callada procesión, algo parecida a la del cura y acólitos que llevan el Viático, y en las habitaciones del General, rompió este el silencio ante su digna esposa, que jamás se acostaba cuando él iba de fiesta palatina, las únicas que le hacían trasnochar, y aquella noche le esperó como de costumbre, para informarse de si volvía contento y en buena salud, con algo más que nunca omite en estos casos la curiosidad femenina.

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