Explore "O'Donnell" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Paulo minora canamus, y de otra crisis hablemos, menos resonante que aquella, porque a menor número de personas afectaba, pero no de inferior interés psicológico. Teresa Villaescusa, sin darse cuenta del valor y significado de las palabras, quería desamortización. Si alguna vez oyó hablar de la Ley a su tío don Mariano, en la memoria no le quedó rastro del nombre ni de las ideas que expresaba. Tenía, sí, un sentimiento vago de la detestable petrificación de la riqueza en manos inmóviles, y una visión confusa del remedio de esta cosa mala, el cual no era otro que coger todo aquel caudal, fraccionarlo, repartirlo en mil y mil manos que supieran hacerlo fecundo. No sería propio decir que Teresa pensaba en esto, sino que por su pensamiento a ratos pasaban como sombras de estas ideas, en abstracción completa, sin que con ellas pasaran los términos usuales con que los entendidos y los ignorantes las designaban en aquel tiempo. Menos abstracto era en el alma de Teresita el aborrecimiento de la pobreza. Por las escaseces que había sufrido, o por ingénito gusto de las comodidades y de los goces, la miseria le causaba horror. Egoísta y al propio tiempo magnánima, no quería ser pobre ni que lo fueran los demás: su anhelo era que hubiese muchos ricos, más ricos de los que había, y mayor número de millonarios. pensando, naturalmente, que de todo este bienestar algo le había de tocar a ella.
Y sépase ahora que resuelto el buen Fajardo a sacar a Guillermo del nuevo pantano en que había caído, no perdonó medio para este meritorio fin. El destierro del pródigo, disimulado por una posición diplomática, si no se conseguía por O'Donnell, caído ya, se conseguiría seguramente por Narváez. Pero esto no bastaba, y era forzoso impedir a todo trance que Teresa y Aransis volvieran a unirse. Reteniendo a éste cautivo en la casa de Emparán, obligole a escribir la carta notificando a su amada el definitivo rompimiento. Mas no seguro de los efectos de la epístola, ni confiado en la resignación de la cortesana, determinó abordar ante esta, descaradamente, el delicado asunto. No la conocía; deseaba explorarla y sondear su voluntad. Bien podía suceder que fuese bastante discreta y razonable para prestar su auxilio al salvamento del caballero. Casos de abnegación semejante había en el mundo. Dejando, pues, a su amigo en casa, una mañana, bien custodiado por María Ignacia y D. Feliciano, se fue derecho al bulto, se encaminó a la gruta de la fascinadora ninfa, solicitó verla, accedió la ninfa sin recelo, y poco tardaron en encontrarse sentados vis à vis en la elegante salita.