Explore "O'Donnell" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Salvó a Beramendi de aquel sofoco Cándido Nocedal, que fue a dar sus plácemes a don Serafín por la feliz aprobación del convenio de paces, y tuvo que aguantar los abrazos con salpicadura de lágrimas efusivas. El ex-ministro reaccionario no había contribuido poco a domar la testarudez socobiana, desmintiendo en aquel caso, como en otros de la vida privada, el rigor de sus principios dogmáticos. En el comedor, todo era luz, animación y alegre bullicio. Valeria se derretía con los finos galanteos de Manolo Tarfe, y afectaba sorpresa burlona cuando el caballero hacía descaradas alusiones a los flamantes amoríos de ella con Pepe Armada. Beramendi cogió al vuelo estas frases. «¡Qué tonto, qué malo!. Con usted no hay reputación segura». Y en el otro corrillo oyó a don Saturno: «Querido Guisando: eso que usted dice es un insulto a la Divina Providencia, y una burla de los designios del Altísimo. Porque el Altísimo permite que haya pobres, y los pobres y miserables lo son porque así les conviene. Permite también que haya ricos que no necesitan trabajar. Naturalmente, les conviene la ociosidad en medio de la abundancia; pero el Hacedor, al permitir estas desigualdades por conveniencia de unos y otros, no consiente que los ricos inventen manjares absurdos por lo costosos. Eso es ya sibaritismo, y el sibaritismo es pecado.
-El desenfreno de la gula -dijo Eufrasia-, llevará a los infiernos a nuestro simpático gourmet».