O'Donnell by Benito Pérez Galdós — Read

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Atacó el buen Tarfe con loco empeño a su protector don Leopoldo, de quien obtuvo una repulsa cariñosa. Ya le dolía la mano de dar a su protegido tantas credenciales. De Posada Herrera, a quien ya tenía frito con sus peticiones, nada sacó en limpio. Más feliz fue con Salaverría y con el Marqués de Corbera, que al menos le dieron esperanzas. El hueso más duro de roer era el destino de Centurión, en Estado; y no viendo medios de salir airoso con O'Donnell ni con Calderón Collantes, que se llamaban Andana, dirigió sus tiros contra doña Manuela, que le quería, le mimaba y se divertía con su graciosa cháchara. No la encontró muy propicia, por tener bastante gastada ya su poderosa influencia; pero Tarfe insistió, y para ganar el último reducto de la voluntad de la señora, le llevó folletines nuevos, que ella no conocía: Isaac Laquedem, por Alejandro Dumas, y luego Los Mohicanos de París, del mismo autor. Esta larga y complicada obra fue muy del agrado de la Condesa. Tarfe sacrificaba por las noches sus más agradables ratos de casino y teatros para leerle a doña Manuela pasajes de febril interés.

Total: que con esto y sus hábiles carantoñas, y los elogios que hacía del gran mérito administrativo de Centurión (no le conocía ni de vista), logró interesar a la señora, y el buen don Mariano tuvo su destino, no en Estado, sino en Fomento, que para el caso de comer era lo mismo.

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