Torquemada y San Pedro by Benito Pérez Galdós

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Por mañana o tarde, Gamborena no dejaba de visitarle un solo día, mostrándose cariñosísimo con el pobre enfermo, a quien hablaba en lenguaje de amigo más que de director espiritual. Lo que con este carácter le dijo alguna vez, fue tan delicado, y tan bien envuelto iba en conceptos generales, o de salud, que el otro recibía la indicación sin alarmarse. Cuando D. Francisco tuvo su cabeza firme, Gamborena le entretenía, contándole casos y pasajes interesantísimos de las misiones, que el otro escuchaba con tanto deleite como si le leyeran libros de novela o de viajes. Tan de su gusto era, que más de una vez le mandó llamar antes de la hora en que acostumbraba visitarle, y le pedía un cuento, como los niños enfermitos al ama o niñera que les cuida. Y creyendo Gamborena que, aprisionada la imaginación del enfermo, fácil le sería cautivar su voluntad, referíale estupendos episodios de su poema evangélico: sus trabajos en el vicariato de Oubangui, África ecuatorial, y en pleno país de caníbales, cuando los sacerdotes, después de oficiar, se despojaban de sus vestiduras, y trabajaban como albañiles o carpinteros en la construcción de la modesta catedral de Brazzaville; la peligrosísima misión en el país de los Banziris, la tribu africana más feroz, donde algunos padres sufrieron martirio, y él pudo escapar por milagro de Dios, con ayuda de su sutil ingenio; y por último, la conmovedora odisea de los trabajos en las islas remotas del Pacífico central, el archipiélago de Fidji, donde fueron en breve tiempo fundadas setenta iglesias, y convertidos a la fe católica diez mil canacas.

Por supuesto, el que Torquemada oyera con viva atención y profundo interés tales narraciones, no significaba que las creyese, o que por hechos reales y positivos las estimase. Pensaba más bien que todo aquello había ocurrido en otro planeta, y que Gamborena era un ser excepcional, historiador, que no inventor, de tan sublimes patrañas.

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