La puchera by José María de Pereda — Read

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La casa de don Elías era la anteúltima del barrio de la Iglesia por aquel lado en cuya dirección iba él, y se llamaba "la casa de los Médicos", por ser la que habitaban todos los titulares del lugar. No servía para otra cosa en un pueblo de labradores, por su relativa pequeñez y aseñorada disposición, ni en el pueblo la había semejante para cumplir los destinos que le habían valido el mote. Cuatro paredes lisas, dos de ellas ciegas, con balcón y dos ventanas en la del Sur, y otras dos ventanas en la del saliente; un tejado de dos aguas con buhardilla y chimenea; la puerta de ingreso debajo del balcón, y un huertuco arrimado á la pared del Este. Tal era por fuera. Por dentro: la planta baja con el arranque de la escalera en el fondo; á la izquierda un pesebre que en tiempos de don Elías sólo sirvió de albergadero de gallinas, y lo restante para vestíbulo y leñera, sin solución de continuidad. En el piso, una salita, que también servía de comedor y, cuando caía una consulta, de despacho del médico; tres alcobas y la cocina. En lo alto, un desván en el que no se podía andar de pie; y paren ustedes de contar.

Allí moraba don Elías con su mujer, tullida por el reúma y encamada seis años hacía, y cuatro hijas mozas, con unos genios y unas inquietudes que no cabrían en la sierra del lugar. No podía calcularse, á ojo, la edad de ninguna de las cuatro: cada una de ellas parecía más vieja que las otras tres; y todas juntas daban, de pronto, la idea de un montón de orujo, resultante de una cosecha exprimida fuera de sazón. No se me ocurre comparación más adecuada al aspecto y atavío de aquellas cuatro mozas. Su padre andaría rayando con los sesenta años, y llevaba trece de médico de Robleces. Á Robleces fué á parar desde tierra de Campos, de donde era nativo; y se había casado en un pueblo de la Rioja, cuyo partido sirvió apenas licenciado en su carrera. Allí pasó dos años, y tuvo la primera hija; á los otros dos, la segunda en la provincia de Burgos; y con los mismos intervalos, mes abajo, mes arriba, la tercera en la provincia de Valladolid, y la cuarta en la de Palencia; con lo que se deja comprender que no calentaba gran cosa los partidos, en los primeros diez años de profesión, el médico don Elías. Tampoco los calentó mucho más en lo sucesivo; pues si de los primeros le arrojaban, ya su mala estrella, ya la ilusión de conjurarla cambiando de postura, de los siguientes le fueron echando las hijas á medida que crecían, y la madre de las hijas según iba viéndolas casaderas, movidas una y otras del mismo impulso y de las propias intenciones, siempre y en todas partes malogradas. De estos fracasos era producto la costumbre de echar pestes aquellas mujeres contra el lugarejo en que residían, al paso que suspiraban por los que iban dejando atrás. Pero de ninguno renegaron y maldijeron tanto como de Robleces, con sus heredades de borona, sus prados rozagantes, sus cajigales frondosos, sus callejones embovedados de bardales, sus brisas húmedas, su cielo nebuloso y sus aldeanos cantadores y en pernetas, que les producían la nostalgia de las llanuras sin fin, del suelo con rastrojos amarillos, del sol de la chicharra en un cielo que se perdía de vista, y de las gentes que le resistían impasibles y taciturnas, envueltas en paño negro, de los pies á la cabeza. Esto era la hermosura, la abundancia y la vida; Robleces la tristeza, la escasez y la muerte. ¡Ah! si su madre no estuviera como estaba tantos años hacía, y por culpa de la indecente charca en que habían caído, ¡qué pronto la hubieran perdido de vista! ¡Allí se habían arruinado ellas; allí habían consumido el caudal que trajeron de reserva, por ahorros en otros partidos y restos de la "millonada" que fué «de la familia,» y desleales depositarios se comieron de la noche á la mañana! En tal parte ganaba don Elías dos mil duros en metálico y trescientas fanegas de trigo, sin contar el filón de las consultas que acudían de seis leguas á la redonda; en tal otra aún ganaba mucho más, y en cual otra, mucho más todavía; y en cualquiera de esas partes vestían ellas de seda, y andaba la plata maciza tirada por los suelos de la casa. Y todo, todo y otro tanto más, se había confundido en Robleces, donde su madre estaba agonizando y ellas vestían percal, y de los ocho prometidos á su padre por el ayuntamiento y los vecinos, no recaudaban á veces la mitad.

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