La puchera by José María de Pereda — Read

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Desde aquel instante, ya fué don Elías otro hombre; porque el médico de Robleces tenía esa gran fortuna en medio de tantas desgracias: un simple cambio de escena bastaba para dar nuevo colorido á sus pensamientos. Á solas con Inés, ya no se acordaba de su padre ni de los asuntos que con él acababa de tratar: otros cuidados muy distintos comenzaron á devorarle y á consumirle. Hubiera dado una oreja por saber de la boca misma de Inés si estaba ya bien enterada de los intentos con que entraba en su casa Marcones el de Lumiacos, y si, caso de estarlo, le habían parecido mal, como era de suponer. Había averiguado él estos intentos con un lujo increíble de pesquisas, y hablando mucho de ellos entre sus hijas, que se perecían por esas cosas, y en varias cocinas del lugar y hasta en medio de la calle, de lo que fué testigo el lector; y era muy natural que ardiera en deseos de inquirir lo que le faltaba, y de beberlo en buena fuente, por el gustazo de correrlo en seguida por el pueblo, sin olvidarse de bajar á Las Pozas en busca de Pedro Juan, que era el último con quien había tratado del negocio de Marcones, para decirle, como á todo el mundo: «Lo sé de su misma boca: Inés no le traga por buenas; y antes será muerta que convencida.»

Porque para el médico no tenía duda que Inés aborrecía á Marcones, si Marcones la había descubierto tanto así de sus ambiciosos planes; y menos lo dudaba cuanto más paraba los ojos en la hija de don Baltasar, con su mirar tan dulce, con su estampa de princesa. y con un caudal «tan atroz;» porque, á juicio de don Elías, «debía de ser atroz el caudal de aquella chica, después de la barbaridad que había heredado de sus abuelos de San Martín de la Barra.»

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