La puchera by José María de Pereda — Read

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No sé si lo he dicho; y en la duda, lo digo ahora: Inés no se conformaba con lo poco que directamente aprendía de su maestro, sino que trabajaba después á solas y por su cuenta, gozándose en ver cómo recogía de este modo una espiga bien compacta, por cada grano mal sembrado en su cabeza durante la lección. Estos eran los verdaderos frutos de lo que reputaba Marcones por obra suya, y obra, además, maravillosa. Quiero decir (y no sé si diciéndolo me repetiré también) que los adelantos de Inés no consistían en lo que llevaba "aprendido" y que, en absoluto, no valía dos cuartos, sino en los hermosos estímulos que se habían despertado en ella, lo cual no tenía precio.

En cada lección sorprendía á su maestro con una pregunta discreta acerca de lo tratado en la anterior, ó con el testimonio de un resabio vencido en la escritura, en una plana más correcta que la última escrita delante de él. Pues bueno: sucedió que después de aquella lección en que salió á relucir el caso del obispo, Inés escribía planas y más planas, y se ejercitaba en las cuentas, y se aprendía de memoria páginas y más páginas de la gramática, de la geografía y de la historia, y el de Lumiacos no venía á infundirla con su aplauso nuevos alientos para seguir avanzando por aquel camino. Llegaron los días á cinco, y ya no sabía Inés qué pensar de tan extraño suceso. Tampoco lo sabía la Galusa. ¿Estaría enfermo?

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