Explore "La puchera" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
La pobre Inés se pasó aquella noche en claro, y aún no la alcanzó para desembrollar el lío de pensamientos que la llenaban la cabeza. ¿Cómo pudo ella imaginarse que la exquisita diligencia de aquel mozo para acudir á su casa y enseñarla lo que no sabía, pudiera terminar en lo que había terminado? Cierto que se la venían á la memoria casos y pequeñeces que, examinados desde allí, parecían señales de lo que luégo se descubrió; pero para haberlos dado entonces la importancia que aparentaban desde lejos, se necesitaban una malicia y una experiencia que ella no tenía. De todas suertes, ya no era ocasión de ventilar ese punto. Había que tomar las cosas en el estado en que fatalmente acababan de ponerse; y tomándolas así, ¿qué hacer? Esta era la cuestión: sobre esto había que meditar, y nada más que sobre esto.
Ordenando lo mejor que pudo sus alborotados pensamientos, se halló con que no sabía á punto fijo si la explosión amorosa de su maestro, después de pasada la primera impresión, que fué de asombro, la mortificaba ó la complacía. De lo que estaba bien segura, era de no haber contribuído, á sabiendas, ni con el más ligero soplo, á encender la hoguera en que Marcos parecía consumirse. ¡Y qué hoguera, á juzgar por el fuego de las palabras con que el desdichado se la pintaba! Y con abrasarse tanto, el pobre mozo se resignaba heróicamente á su martirio, sin culpar á nadie, y hasta creyéndose indigno del menor consuelo que pudiera darle quien, en rigor, era la causa de sus dolores. Por este lado no hallaba Inés motivos para sentirse mortificada con aquellas fogosidades tan honradamente declaradas; al contrario: hasta en conciencia se creía obligada á compadecerse de Marcos.