De Oñate a la granja by Benito Pérez Galdós

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Despidiose Hillo de la sabrosa tertulia y del bruto de Ibraim, que aún permaneció en el café con otros zánganos, para irse desde allí sabe Dios a qué lugares vitandos y pecaminosos. Alguno de aquellos perdidos propuso a don Pedro una bonita excursión matinal: largarse todos temprano al sitio del lance, ya que no para presenciarlo, pues esto era difícil, para estar a la mira, oír los disparos, ver llegar y partir a los duelistas y a los padrinos, enterarse pronto del desenlace, y _acompañar el cadáver_ si del encuentro resultaba, que todo podía ser., y hasta resultar podía que los dos contendientes quedaran patas arriba.

No quiso ser de la partida don Pedro, conformándose con que le contasen al otro día lo que diera de sí el tremendo lance; y se fue a coger la almohada, ávido de soltar sobre ella la balumba de sus graves pensamientos. Quiso su mala suerte que aquella noche no pareciese por la fonda el don Fernando, lo que puso a su mentor en grande intranquilidad, privándole del sueño. Presumió que andaría de francachela con los chicos de la Guardia, por entonces su sociedad favorita, y que no dejaría de acudir con ellos o con otros, por la mañana, a las inmediaciones del lugar del desafío, para curiosear y traerse a Madrid las primicias informativas del extraordinario suceso, que lo mismo podía concluir en urbana comedia que en tragedia lastimosa. Véase por dónde tuvieron los propósitos de Hillo mudanza total; y no habiendo querido ir a la _feria del duelo_, allá fue, y no de los últimos, con esperanza de encontrar a su Telémaco y echarle el lazo.

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