De Oñate a la granja by Benito Pérez Galdós

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Subieron a punto que bajaban hombres y mujeres; pero nadie reparó en ellos: cada cual iba derecho a su asunto sin cuidarse del prójimo. En un cuarto mísero, lleno de trastos, el primero que a mano derecha se encontraba, entraron Demetria y su protector, seguidos del chicuelo organista, a quien Fernando mandó retirarse. En la galería había luz: abriendo la puerta de la estancia se podía ver a medias el interior de esta. Demetria entró dando albricias:

-Ya tenemos quien nos salve. Nuestro salvador aquí está: no le conozco; pero no importa. Dios me lo ha deparado.

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