Explore "La región más transparente" by Carlos Fuentes on Textopian. Read with annotations and highlights.
710: Título del cuento que, fragmentariamente, se reelabora en LRT (véase nota 682).
El día siguiente al del atardecer pasado por Robles, Zamacona y Cienfuegos en el café de Aquiles Serdán, amaneció brillante de sol y extrañamente quieto. Era el 15 de septiembre, y trescientas mil personas habían abandonado, en trenes impuntuales, en camiones, en convertibles importados, la ciudad de México. Robles nunca supo en qué había terminado la discusión entre Manuel e Ixca; hubo un momento en el que se levantó de la caballeriza, caminó por las calles y solo corrió el velo que cubría el brillo intenso de sus pupilas indígenas al penetrar, nuevamente, en la agitación de su oficina. Mecánicamente, había proseguido con los trámites de la quiebra. Su voz no volvió a levantarse: corría, lento como en los sueños, a lo largo de expedientes y consultas y papeles. El nuevo amanecer lo sorprendió, en mangas de camisa, derrumbado sobre un sofá de cuero. No percibió la primera luz -la más penetrante, sin embargo- y dejó que la noche se siguiera colando por sus ojos hasta no distinguir el color de sus propias manos: con tal de no encender la luz, o moverse del sofá. Hay alguien que me quiere mirar -pensó-, hay alguien que me quiere mirar hasta adentro. No está aquí, junto a mí. No le hace. Me quiere mirar de otra manera. Quiere dejarme sus ojos dentro de los míos. Como dos huevos esperando que el cascarón se rompa y los pájaros crezcan dentro de mí y batan sus alas dentro de mí y se apoderen de mí. No podía pensar otra cosa. Estaba solo. Solo los zapatos lustrados brillaban -junto con los ojos apretados entre los párpados de cuero espeso- en la oscuridad intermedia que sigue al primer alumbramiento del día. Robles desinfló su pecho y sintió todo el peso del aire concentrado en el estómago. En el sexo, un hormigueo de ritmo desigual pugnaba por ascender al cerebro de Federico. Sus manos se apretaron como si cada una empuñara un látigo, hasta que las venas comenzaron a pulsar en desorden, apresurando la sangre por todo el cuerpo laso y, a la vez, inconscientemente rígido y expectante. Pensó levantarse y encender la luz. ¿Qué vería? Recorrió con la memoria los elementos reunidos en este despacho: archivos, una mesa dispuesta a solicitar comunicaciones y a expedir órdenes, una caja fuerte anticuada, la pintura de Rivera, los sillones de cuero, el ventanal ligeramente azulado para filtrar la resolana. El recinto del poder. Robles sintió, por primera vez, que el lugar y el hombre no coincidían. Se levantó pesadamente y caminó hasta el baño anexo a la oficina. Se quitó la camisa: la camiseta arrugada no podía contener el pecho lampiño y acanelado, las tetillas gruesas, los pliegues de los brazos y la cintura. Mojó la brocha y dejó correr el agua caliente. Bajo la máscara de jabón, el rostro comenzó a aparecer, piel oscura bajo máscara blanca, a medida que la navaja recorría, minuciosamente, las mejillas de Federico Robles.