Jeromín by Luis Coloma — Read

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No perdió el tiempo Antonio Pérez, y con el mayor sigilo comenzó al punto a organizar el medio de dar a Escobedo un bocado que le produjese la muerte, y le diese tiempo de confesarse, para que no perdiese también su ánima, según el deseo mostrado por Felipe II. Había entonces en las casas de los grandes -y aunque Antonio Pérez no lo era, como tal vivía- pícaros y rufianes agregados a la servidumbre, que servían en aquellos pocos seguros tiempos como de guardia al señor, así en los casos de ataque como en los de defensa[40]. Antonio Pérez, hombre de tantos negocios y enredos, tenía varios a su servicio, y era el principal de ellos su mayordomo y confidente Diego Martínez, hombre travieso, valiente y sin conciencia. A este, pues, Diego Martínez acudió Antonio Pérez y le confió su intento, pidiéndole un veneno para matar a Escobedo y un agente seguro capaz de administrárselo. Propúsole Martínez a un tal Antonio Enríquez, que estaba allí en la casa de paje de Antonio Pérez, y era hombre resuelto, mañoso y de pasta de asesino. Avistose con él Diego Martínez, y fuele descubriendo poco a poco el asunto con mucha cautela conforme se lo proponía. Preguntole primero si conocía algún bravo capaz de dar una puñalada con mucho provecho y sin ningún peligro, pues se le ofrecía el seguro a las espaldas. Contestó Enríquez que conocía un mozo de mulas capaz de darla de balde y con riesgo si él ponía empeño. Descubriose algo más Martínez, y díjole que se trataba de un personaje importante, y que Antonio Pérez quería su muerte. Contestó Enríquez que para eso se necesitaba ya un hombre de más partes que su mozo de mulas, y no dijo más por aquel día.

Mas al día siguiente, muy de mañana, entró Diego Martínez en el aposento de Enríquez con una ampolla de cristal en la mano, llena, al parecer, de agua clara, y mostrándosela al trasluz le dijo que ya tenía allí el veneno necesario para matar al personaje consabido, que no era otro sino el secretario Juan de Escobedo que Antonio Pérez quería absolutamente su muerte, que habían de darle en un convite que preparaba en La Casilla, y que era decidido el empeño del señor Antonio que él, Enríquez, le administrase el tósigo en aquel banquete con la mucha maña y cautela que poseía y de que Pérez tanto fiaba.

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