Explore "Jeromín" by Luis Coloma on Textopian. Read with annotations and highlights.
Mas sucedió que en aquellos mismos días en que tan milagrosamente escapaba Escobedo de las tres tentativas de envenenamiento, llegó a Madrid una noticia temida siempre, y a cada momento esperada, que vino a cambiar por completo la política y los planes de Felipe II. La guerra había estallado en Flandes más cruel y encarnizada que nunca, provocada por los mismos rebeldes, y Don Juan de Austria, recibiendo materialmente de limosna un puñado de dinero para acallar sus escasas tropas tudescas, y uniendo a éstas algunos soldados españoles de los retirados en Francia, que espontáneamente volaron en su ayuda al saberle en tanto peligro, recogía gloriosamente en Gembloux el guante que le arrojaban los rebeldes, alcanzando sobre ellos aquella maravillosa victoria que tan de relieve puso su valor personal, su pericia de caudillo, su profética sagacidad política y su profunda fe de cristiano. Con esta señal vencí a los turcos; con esta señal venceré a los herejes -había puesto en torno de la cruz que campeaba en su estandarte; y al describir a sus amigos don Rodrigo de Mendoza y el conde de Orgaz la estupenda nueva de que sus pérdidas en la batalla no ascendían sino a cuatro muertos y quince heridos, pasando las del enemigo de cinco mil, añadía humildemente: «Hízolo Dios, y suya sola fue la jornada, en tiempo que, a no hacerse, a estas oras muriéramos de ambre embueltos en otros cien mil peligros.»
Estas nuevas trajo a Felipe el barón de Villy, a quien Don Juan de Austria despachó con este objeto después de la batalla, que fue el 31 de enero de 1578. Informole también el prócer flamenco del estado de horribles turbulencias en que se hallaban aquellas provincias, todas en completa rebeldía, sin que se respetase en ellas la religión, ni se obedeciese al rey, ni se acatasen para nada los fueros de los católicos. Las plazas fuertes, en abierta sedición, daban sus tropas. Las ciudades, las villas y hasta las más miserables aldeas armaban sus milicias, y todos se unían y combinaban para perseguir a Don Juan, desprovisto de todo auxilio, rodearle, estrecharle, destrozarle y hundir con el esforzado caudillo el odiado yugo castellano. La victoria de Gembloux, alcanzada por Don Juan, hízoles retroceder y ensanchar el círculo, como cobardes lebreles que vieran al león que creían extenuado, levantarse de repente con la melena erizada y extendida la garra. Muchos no pararon hasta Bruselas, y de allí mismo huyeron algunos a refugiarse en Amberes, no creyéndose seguros. Mas una vez recobrados de su susto y sorpresa y cerciorados de que el valor era lo único que abundaba en el campo de Don Juan, volvía a reunirse y a estrechar de nuevo el círculo, avanzando lentamente y con gran cautela, hasta que al cabo caerían sobre Don Juan de Austria y le aniquilarían bajo el peso de su número si no se le prestaba el urgente auxilio que pedía en sus cartas. En estas cartas, que el mismo barón de Villy entregó a Felipe II, hacía Don Juan una viva pintura de su situación, y pedía, con mayor urgencia que nunca, gente y dineros en abundancia; pedía también que le despachase a su secretario Escobedo, y con la mayor buena fe y la más absoluta ignorancia de lo que a éste acontecía, recomendábale calurosamente a su hermano Don Felipe para ciertas mercedes, que, según Don Juan atestiguaba, tenía muy bien merecidas.