Jeromín by Luis Coloma — Read

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Desconfiaba ya Antonio Pérez, después de la segunda tentativa de envenenamiento, de poder acabar con Escobedo por medio del veneno, y en su horrible previsión encargó asesinos que le matasen a estocadas o a tiros si la tercera intentona que proyectaba saliese también fallida. Encargáronse de ello los dos cómplices del crimen desde el primer momento, Diego Martínez el mayordomo y el paje Antonio Enríquez. Hizo el primero venir de Aragón dos hombres desalmados, de toda su confianza, duchos en esta clase de aventuras; era uno Juan de Mesa, que tanto figuró como amigo de Antonio Pérez cuando la fuga de éste a Aragón; era el otro un tal Insausti, verdadero tipo del bravo de Italia, tan en boga en aquella época, con su aire provocativo, su formidable tizona y sus tufos de largas greñas en las orejas y en la coronilla que se dejaban caer sobre el rostro a modo de antifaz, para no ser conocidos en sus fechorías. Antonio Enríquez, por su parte, reclutó, desde luego, en Madrid, al mismo pícaro de la cocina del rey, Juan Rubio, que era ya cómplice en el asunto, y entró en tratos con un medio hermano suyo llamado Miguel Bosque, que estaba en tierra de Murcia; fuese allá a buscarle el Enríquez y decidiole al fin mediante la promesa de cien escudos de oro y la protección y seguro de Antonio Pérez; llegaron a Madrid los dos hermanos justamente el mismo día que ahorcaban en la plaza pública a la inocente esclava de Escobedo.

Una vez todos en la corte, ocultáronse en sus respectivas madrigueras, como reptiles que temen la luz del sol, esperando llegase el momento del crimen. Era entonces cuando Escobedo, convaleciente todavía del tercer envenenamiento que se intentó en su propia casa, no salía aún a la calle. Mas de allí a muy poco citó con mucha prisa Diego Martínez a su gavilla fuera de Madrid, en un tejar solitario que a una media legua de la puerta de Guadalajara había. Díjoles que el señor Antonio había marchado a Alcalá para pasar allí la Semana Santa y dejado orden de acabar con Escobedo antes de su vuelta y de la del rey de El Escorial, que coincidirían ambas. Urgía, pues, el tiempo, y apresurose Diego Martínez a trazar el plan de campaña; decidiose que fuese Insausti el encargado de dar el golpe, por ser el más famoso puño para estocadas que en Aragón había, y diole al propósito Diego Martínez una muy buena tizona de hoja larga y acanalada hasta la punta. A los demás repartioles dagas, y pistoletes a los que nos los tenían, que los más de ellos llevábanlos, como los malhechores de aquel tiempo, ocultos en los gregüescos. Convinieron también en que desde aquella misma tarde se reunirían todos en la plazuela de Santiago, como centro de operaciones, y dividiríanse allí en dos grupos distintos: uno, compuesto de Insausti, Miguel Bosque y el pinche Juan Rubio, iría a acechar las entradas y salidas de Escobedo en el callejón de Santa María, donde estaba su casa, y aprovecharía la primera ocasión oportuna para darle una estocada; los otros tres, Juan de Mesa, Antonio Enríquez y Diego Martínez, les seguirían desde lejos, dispuestos a prestarles auxilio, si era necesario, y a proteger su huida en todo caso.

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