Manuel Lozada, el tigre de Alica

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Todo Jalisco se estremeció de indignación cuando supo que Lozada después de haber faltado la cuarta o quinta vez a sus compromisos, había destruido de aquel modo salvaje a casi la mitad de la columna de Rojas. Y lo peor era que no había perecido éste ni ninguno de sus galeanos, sino los pobres soldados de los cuerpos de línea, que eran en su mayor parte los que habían quedado en la sierra envueltos por las llamas. Aquello no podía quedar así. Era necesario castigar severamente el bandidaje de la Sierra de Alica. ¡Pues qué!, ¿un simple ladrón de camino real había de ser más poderoso que todo el gobierno de Jalisco que podía poner ocho mil hombres sobre las armas y pedir además el auxilio de fuerza federal? La opinión pública se impuso de tal manera, que el gobernador Ogazón se consideró obligado a emprender una formal campaña contra Lozada y empezó desde luego a hacer sus preparativos, no siéndole posible por las mil dificultades que se opusieron, salir tan pronto como todos querían, sino hasta cinco meses después del fracaso sufrido por Rojas. Éste, por otra parte, quedó bien disculpado, pues demasiado hizo con entrar al frente de mil hombres adonde había más de cuatro mil indios parapetados tras de las peñas, en un terreno en que nada les faltaba a ellos y en que no dejaban ni un grano de maíz para el enemigo.

En esa fecha ya se iban convenciendo todos de que no había campaña más difícil que la de la Sierra de Alica, en donde no se tenía que conquistar más que inmensas serranías desnudas y en que se debía luchar con un enemigo que ya observaba la táctica de hacerse invisible y de multiplicarse a la hora conveniente. Por todas esas circunstancias el general don Pedro Ogazón, que ya conocía bien la clase de gente con que tenía que habérselas y el terreno ingrato en que iba a meter sus tropas, creyó prepararse bien para la campaña llevando cerca de 5000 hombres bien equipados y las acémilas suficientes para los víveres y las pasturas que era necesario llevar cargando, una vez que los indios incendiaban los pastos y cada cerro que abandonaban estaba todavía más desnudo y más triste y más peñascoso que los anteriores.

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