Manuel Lozada, el tigre de Alica

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La casa de don Manuel Lozada en San Luis había sufrido ciertas transformaciones. Al principio no había allí más que mesas de palo blanco, sillas de tule y petates que servían de camas tanto al jefe como a los capitanes. Ahora ya se veía un despacho con cuatro escritorios, una salita de muebles acojinados, tres recámaras con camas de latón, algunos cuadros en que había santos, batallas y mujeres desnudas, todo revuelto, y una pieza con una mesa redonda cubierta con tapete verde destinada al juego de cartas a que el cacique se había hecho muy afecto y sobre la cual se jugaron muchas onzas de oro que acababan siempre por ir a sus bolsillos a la buena o a la mala, pues cuando Lozada perdía se enojaba y recogía todo el dinero. Se dieron entonces varios casos de que mandara llamar a los jugadores que pasaban por Tepic, y que, después que le habían ganado, o los matara allí mismo o los mandara alcanzar en el camino para que se les asesinara y les quitaran el dinero.

Estaba a la vez hablando con su secretario el teniente coronel don Miguel Oceguera, quien tenía al mismo tiempo el mando de un cuerpo de caballería.

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