Manuel Lozada, el tigre de Alica

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En el mes de febrero de 1866, a los nueve meses justos de los grandes descalabros que habían causado los franceses a los republicanos de Sinaloa, con el eficaz auxilio de Lozada, hasta el punto de haber asegurado en documentos oficiales el prefecto de Mazatlán que la pacificación del Estado estaba asegurada, ese mismo puesto se veía otra vez asediado por numerosas partidas que mandaban Ángel Martínez, Adolfo Palacio, Jorge Granados, Guerra, Tolentino, Parra y todos los demás militares y guerrilleros que obedecían al general Corona, formando tales partidas un número como de tres mil hombres muy bien armados y municionados, merced a un buque lleno de pertrechos intervencionistas que había caído en sus manos, por astutas combinaciones, y merced también a las victorias que habían obtenido en otros rumbos, así como a los auxilios que les había mandado el cónsul mexicano Godoy desde San Francisco, pues que don Plácido Vega, encargado por Juárez de la compra del armamento no daba señales de vida por aquel entonces.

Bajo tales circunstancias fue cuando se pensó en darles otra batida más formal y decisiva que la primera, contando con que entraría en las maniobras militares el general Lozada, no obstante que parecía haberse ido muy disgustado la última vez porque no se le había dejado entrar a Mazatlán, ni mandar en jefe las columnas expedicionarias en el interior de Sinaloa.

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