Manuel Lozada, el tigre de Alica

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Triunfó la República, y en los meses que siguieron de lucha hasta el fusilamiento de Maximiliano, Lozada permaneció dentro de la neutralidad que se había propuesto, disponiendo a su antojo del Cantón de Tepic, de sus rentas y de sus habitantes, pues aunque puso a otros hombres como autoridades, simulando que él no se metía en nada, todos le obedecían, y él, por su parte, seguía viviendo en San Luis rodeado de su secretario, empleados y Estado Mayor, esto es, seguía allí establecido el Cuartel General, y concurrían con frecuencia sus comandantes a quienes ya había hecho coroneles y hasta generales, a recibir órdenes suyas.

En el momento en que volvemos a presentar a nuestro héroe con los lectores, lo encontraremos en su cama convaleciente ya de las heridas causadas por un cohete de dinamita que le estalló en las manos un día en que pescaba en un estero por medio de ese reprobado sistema, habiendo además perdido el ojo derecho en aquel accidente. El general don Plácido Vega acababa de sentarse en una silla que estaba cerca de la cabecera.

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