Crónica de la conquista de Granada

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En tanto que don Fernando, con la nobleza del reino, se mantenia constante en su real de Baza, esperando dar nuevos blasones á las armas de Castilla; la Reina doña Isabel, que realmente era el alma de esta grande empresa, discurria con sus consejeros en el palacio de Jaen, los medios de proveer á la subsistencia del ejército y del Rey. Los suministros de víveres y dinero no cesaban, y eran continuos los reemplazos que exigia la pérdida de la gente de guerra. Pero de las obligaciones de Isabel, era esta última la menos difícil de cumplir; pues era tanto el amor que se le tenia en todo el reino, que á su llamamiento no quedó grande ni caballero de los que habian permanecido en sus casas, que no acudiese á servirla, ya en persona, ó ya enviándole sus gentes. Las casas antiguas de Castilla pusieron sobre las armas hasta el último vasallo; y los moros de Baza veian llegar todos los dias nuevas tropas al campo de los sitiadores, y ondear en él nuevas enseñas con armas y divisas bien conocidas en la guerra.

La mayor dificultad era el suministro de provisiones; pues no solo habia que abastecer al ejército, sino tambien á las guarniciones de los pueblos conquistados. La conduccion de lo que diariamente exigia el consumo de tan gran número de gentes, era un trabajo inmenso, en un pais donde apenas habia caminos de rueda, ni menos comunicaciones por agua. Todo se tenia que llevar á lomo, y por caminos escabrosos, ó por sendas al través de las montañas, donde no habia seguridad contra la rapiña y continuos asaltos de los moros. Los mercaderes que tenian costumbre de abastecer al ejército por contrata, suspendieron las remesas de mantenimientos en vista de las dificultades y pérdidas que habia para conducirlos. Para suplir esta falta, alquiló la Reina catorce mil bestias, mandó comprar todo el trigo y cebada que habia en Andalucía y en las tierras de los maestrazgos de Santiago y de Calatrava. La administracion de estos recursos se confió á personas de probidad; que los unos se hacian cargo del grano que se compraba, otros cuidaban de su elaboracion en los molinos, y otros de su conduccion al campo. Para cada doscientas bestias habia un oficial que dirigia á los conductores de las recuas, á fin de que no hubiese entorpecimiento en las remesas. Los convoyes estaban en continuo movimiento, y las acémilas no cesaban de ir y venir, guardadas por escoltas competentes, para evitar que fuesen interceptados por los moros; y en estas operaciones no hubo un solo dia de intermision, porque de ellas dependia la subsistencia del ejército. Cuando llegaban al campo las provisiones, se vendian á la tropa á un precio tasado, que ni subia ni bajaba.

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