Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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No miró mi secretario sin alguna envidia la impensada fortuna del poeta Núñez, de manera que en toda una semana no cesó de hablarme de ella. «Admirado estoy -- me decía -- de los caprichos de la Fortuna, la cual muchas veces parece que se deleita en colmar de bienes a un detestable autor mientras abandona a los mejores en manos de la miseria. ¡Cuánto celebraría yo que un día se le antojase hacerme rico de la noche a la mañana!» «Eso -- le dije -- podrá quizá suceder más presto de lo que piensas. Tú estás ahora en el templo de esa deidad, porque, si no me engaño mucho, la casa de un primer ministro se puede muy bien llamar "el templo de la Fortuna", donde de repente se ven elevados y opulentos los que logran su favor.» «Decís, señor, mucha verdad -- me respondió -- ; pero es menester tener paciencia para esperarle.» «Vuélvote a decir -- le repliqué -- que te sosiegues. ¿Quién sabe si quizá a estas horas se te está preparando alguna buena comisión?» Con efecto, pocos días después se me presentó ocasión de emplearle útilmente en servicio del conde-duque y no la dejé escapar.

Hallábame una mañana en conversación con don Ramón Caporis, mayordomo del primer ministro, y era el asunto sobre las rentas de su excelencia. «Mi señor -- decía él -- goza de varias encomiendas en todas las Ordenes militares, que le reditúan cada año cuarenta mil escudos, sin más obligación que la de llevar la cruz de Alcántara. Fuera de eso, los tres empleos de gentilhombre de cámara, caballerizo mayor y gran canciller de Indias le producen doscientos mil escudos. Pero todo esto es nada en comparación de los inmensos caudales que saca de las Indias. ¿Sabe usted cómo? Cuando los buques del rey salen de Sevilla o de Lisboa para aquellos países, hace embarcar en ellos vino, aceite y todo el trigo que le produce su condado de Olivares, sin que le cueste un maravedí la conducción. En Indias se venden estos géneros a precio cuatro veces mayor del que valen en España. Con el dinero que gana en esta venta compra especiería, colores y otras drogas que en el Nuevo Mundo están casi de balde y en Europa se venden a subido precio. Este es un tráfico que le vale muchos millones, sin el menor perjuicio del Erario. Y no extrañará usted -- continuó -- que las personas empleadas en hacer este comercio vuelvan todas cargadas de riquezas, porque su excelencia lleva a bien que, haciendo su negocio, hagan también ellas el suyo.»

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