Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Aunque su excelencia me veía todos los días por un instante, sin embargo pude granjearle insensiblemente la voluntad en tales términos que un día, después de comer, me dijo: «Escucha, Gil Blas, sabe que me agrada tu ingenio y que te estimo. Eres un mozo celoso, fiel, muy inteligente y callado, y así, me parece que no erraré si te hago dueño de mi confianza.» A estas palabras me arrojé a sus pies, y después de haberle besado respetuosamente la mano, que me alargó para levantarme, le respondí: «¡Es posible que se digne vuestra excelencia honrarme con un favor tan grande! ¡Cuántos enemigos secretos me van a suscitar vuestras bondades! Pero sólo temo el rencor de una persona, que es don Rodrigo Calderón.» «Nada tienes que temer de él -- respondió el duque -- .

Yo le conozco; desde su niñez me ha querido, y puedo decir que sus sentimientos son tan conformes con los míos, que quiere todo lo que me gusta, así como aborrece todo cuanto me desagrada. En lugar de temer que te tenga aversión, debes, al contrario, contar con su amistad.» Por aquí conocí lo astuto que era el señor don Rodrigo, que había conquistado el ánimo de su excelencia, y que yo debía procurar estar muy bien con él.

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