Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Bien presto se echó de ver el favor que yo merecía al ministro, y él mismo lo daba a entender públicamente entregándome la bolsa de los papeles que acostumbraba antes llevar su excelencia mismo cuando iba a despachar. Esta novedad, que dió motivo para que me tuviesen en el concepto de un valido, excitó la envidia de muchos y me atrajo bastantes cumplimientos de corte. Los dos oficiales, mis inmediatos, no fueron los últimos a felicitarme sobre mi próxima elevación y me convidaron a cenar en casa de su viuda, no tanto por correspondencia cuanto con la mira de tenerme obligado a su favor para en adelante. Me veía obsequiado por todas partes, y hasta el orgulloso Calderón mudó de modales conmigo. Ya me llamaba "señor de Santillana", cuando hasta entonces me había tratado siempre de vos, sin haber empleado jamás el tratamiento de "usted". Se me mostraba muy propicio, especialmente cuando pensaba que nuestro favorecedor podía notarlo, pero aseguro que no trataba con ningún tonto. Yo correspondía a sus atenciones con tanta más urbanidad cuanto más le aborrecía. No se hubiera portado mejor un cortesano consumado.

También acompañaba al duque mi señor cuando iba a palacio, que por lo regular era tres veces al día; por la mañana entraba en el cuarto de su majestad cuando ya estaba despierto, se ponía de rodillas junto a la cabecera de su cama, hablábale de lo que había su majestad de hacer en el día y le dictaba las cosas que había de decir, con lo que se retiraba. Después de comer volvía, no para hablarle de negocios, sino de cosas alegres; le divertía contándole todos los lances graciosos que ocurrían en Madrid, los cuales era siempre el primero que los sabía, porque tenía personas pagadas a este efecto; y, en fin, iba por la noche la tercera vez a ver al rey, le daba cuenta como le parecía de lo que había hecho en el día y le pedía por ceremonia sus órdenes para el día siguiente. Mientras estaba con su majestad, yo me quedaba en la antecámara, en donde había personas distinguidas dedicadas a solicitar la protección de la Corte, que anhelaban mi conversación y se vanagloriaban de que yo me dignara concedérsela. En vista de esto, ¿cómo podría yo no creerme hombre de importancia? Muchos hay en la corte que con menos fundamento se tienen por tales.

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