Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Desde Valladolid nos pusimos en seis días en Oviedo, adonde llegamos sin habernos sucedido la menor desgracia en el viaje, a pesar del refrán que dice: "Huelen de lejos los bandoleros el dinero de los pasajeros". A la verdad, si hubieran olido el nuestro, no habrían errado el golpe, y sólo dos habitantes de una cueva habrían bastado para soplarnos nuestros doblones, porque en la corte yo no había aprendido a ser valiente, y Beltrán, mi mozo de mulas, no parecía tener gana de dejarse matar por defender la bolsa de su amo; sólo Escipión era un poco espadachín.

Ya era de noche cuando llegamos a la ciudad. Nos apeamos en un mesón poco distante de la casa de mi tío el canónigo Gil Pérez. Deseaba yo tener noticia del estado en que se hallaban mis padres antes de presentarme a ellos; y para saberlo no podía dirigirme a quien me informase mejor que al mesonero y la mesonera, que sabía ser personas que no podrían ignorar cuanto pasaba en casa de sus vecinos. Con efecto, después de haberme mirado el mesonero con la mayor atención, me conoció y exclamó fuera de sí: «¡Por San Antonio de Padua, que éste es el hijo del buen escudero Blas de Santillana!» «¡Sí, por cierto -- añadió la mesonera -- ; él mismo es! Y apenas se ha mudado; es aquel despabiladillo Gil Blas, que tenía más talento que cuerpo. ¡Paréceme que le estoy viendo cuando venía aquí con la botella por vino para cenar su tío!»

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