Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Tomamos el camino de León, después el de Palencia, y, siguiendo nuestro viaje a cortas jornadas, llegamos al cabo de veinte días a Segorbe, y al día siguiente por la mañana entramos en mi quinta, que sólo dista cinco leguas de aquella ciudad. Advertí que conforme nos íbamos acercando mi secretario observaba con la mayor atención todas las quintas que a diestra y siniestra se le ofrecían a la vista. Luego que descubría alguna de grande apariencia, me decía enseñándomela con el dedo: «Me alegrara que fuera aquél nuestro retiro.»

«No sé, amigo mío -- le dije -- , qué idea te has formado de nuestra morada; pero si te la figuras como una casa magnífica, como la hacienda de un gran señor, desde luego te digo que estás muy equivocado. Si no quieres que tu imaginación se ría después de ti, represéntate aquella casa campestre que Mecenas regaló a Horacio, situada en el país de los Sabinos, cerca de Tívoli. Haz cuenta que don Alfonso me ha hecho un regalo muy semejante a aquél.» «Según eso -- replicó Escipión -- , sólo debemos esperar que tendremos por albergue una cabaña.» «Acuérdate -- repuse yo -- que siempre te hice una descripción muy modesta de ella, y si quieres juzgar por ti mismo de la fidelidad de mi pintura, vuelve la vista hacia el río Guadalaviar y mira sobre su orilla, junto a aquella aldehuela de nueve a diez casas, aquella que tiene cuatro torrecillas, que ésa es mi quinta.»

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