El fistol del diablo coverCAPÍTULO 16
CAPÍTULO 16

PARTE IV

Historias

CAPÍTULO 16Visible text2 paragraphs
-Ahora sí, Manuel, sólo Dios nos podrá separar -le dijo Teresa, conduciéndolo para las piezas interiores-; Arturo, que es el modelo de los buenos amigos, se encargará de nuestros negocios, y tú no harás más que mi voluntad. Es menester que al menos mientras se me quitan el miedo y la aprehensión, no salgas de aquí. Además, como te habrá dicho Arturo, tú y yo estamos ya muertos para el mundo… y ¡ojalá que fuese posible continuar así, y que no viviésemos sino para nosotros y para los pocos buenos amigos que nos han acompañado en esta larga carrera de infortunios!… ¡Pero, calle! -continuó Teresa, deteniéndose un poco, y mirándolo amorosamente…- no pasa día por ti, como suelen decir, ni descolorido, ni estragado, ni abatido; tienes una naturaleza de fierro. Otra mujer que no fuera yo, se enojaría de que no estuvieses pálido y extenuado; pero yo… mejor, muchos años de salud y de vida te desea mi corazón. Ven, siéntate, quítate ese sombrero tan pesado… nos sentaremos debajo de la sombra del fresno del jardín, y al menos en estos momentos nadie nos podrá robar la felicidad… ¡Qué mujeres! -prosiguió Teresa, riendo-, nos volvemos locas; he hablado tanto, que no te he dejado ni abrir la boca, ni aun siquiera me has podido saludar.
-¿Qué más -contestó Manuel, dándole otro abrazo-, que estrecharte contra mi corazón, cuando contaba ya con no volverte a ver? pero tu amor me ha dado fuerzas y valor para todo. Ahora comprendo por qué los caballeros antiguos hacían hazañas fabulosas: si yo no hubiera tenido tu imagen presente, si no hubiese sonado siempre tu voz triste y doliente en mis oídos, si yo no hubiera considerado que te morías sin mí, habría tenido miedo, y ese bribón de don Jacinto me habría asesinado.