El fistol del diablo coverCAPÍTULO 9
CAPÍTULO 9

PARTE V

El fuerte de la Concepción

CAPÍTULO 9Visible text2 paragraphs
Sin que lo pretendiese, y por efecto de la organización que dio a las tropas el general en jefe de los polkos, Arturo se encontró en el convento de la Concepción a la cabeza de su compañía y de ochenta o cien paisanos más que se habían presentado voluntariamente unos con armas y otros sin ellas.
Fácil es figurarse el inmenso placer de Arturo al considerarse como quien dice árbitro de la suerte de Aurora que habitaba el santo claustro convertido en una fortaleza inexpugnable. El día que siguió al pronunciamiento no hubo nada de notable. Un cañonazo disparado de la trinchera de Tacuba, cuya pesada bala fue a aportillar uno de los arcos del acueducto. La bala fue recogida con ruidosa algazara por los incansables muchachos y no hizo daño a ninguna persona. Carreras de caballos, como se dice en los días de alarma, es decir, ayudantes y oficiales que recorrían a galope las calles encargados de traer y llevar órdenes y comunicaciones; balcones que se abrían y por donde asomaban las cabezas mal peinadas y los bustos medio descubiertos de vecinas, más bien curiosas que asustadas, y negociaciones diplomáticas para que terminara el conflicto. Los polkos decían que depondrían las armas si se separaba del Gobierno el alto personaje que los quería desarmar o enviar a Veracruz. El testarudo personaje respondía que primero le quitarían la piel que abandonar la silla del Gobierno. Entre tanto los dos partidos se reforzaban y se preparaban a la lucha dentro de la ciudad. Los polkos, para vencer necesitaban formar una columna, tomar el Palacio y aprehender al vicepresidente y a los ministros. El vicepresidente, para dominar esta reacción verdaderamente clerical, necesitaba tomar a la bayoneta uno a uno los sólidos edificios de que se habían apoderado los polkos. Como una y otra cosa eran difíciles, cada partido no podía hacer más sino alentar a los suyos, disimulando las dificultades y engañándolos con esperanzas o con otras ficciones, merced a las que los batallones de Moderados tenían que permanecer firmes en sus cuarteles y resueltos a defenderse aun cuando fuese contra su voluntad. Inútil es decir que en las noches que siguieron ni el cohete de luz se elevó en los aires y las campanas de la catedral permanecieron en silencio. Josesito fue engañado miserablemente por los mayordomos de los conventos, y a su vez engañó inocentemente a sus amigos de la Guardia Nacional.