CAPÍTULO 23
PARTE V
La última velada
CAPÍTULO 23Visible text2 paragraphs
Teresa, triste, pensativa y devorando una sola idea, estaba sentada una serena y tibia tarde debajo de su fresno favorito. Declinando el sol rápidamente, los gorriones comenzaban a venir en bandadas a buscar gozosos su nido y su abrigo; las flores exhalaban sus perfumes, a medida que esa media luz y media oscuridad invadía los jardines, las luciérnagas se levantaban, y volando aquí y allá concluían por formar a Teresa una especie de aureola de santa, que hacía más interesante y más bella su dulce y pálida fisonomía.
La naturaleza, sin preocuparse de la guerra, sin tener en cuenta los que ya habían dejado de existir, ni las angustias y dolores de los que vivían, desplegaba, como en los días más felices, su espléndida pompa y continuaba formando en los cielos alfombras de vellones de oro, y en la tierra tapices de verde césped y de sedosas flores. Los arroyuelos, al correr por las tortuosas orillas cantaban su música inimitable, y sus ecos llegaban más bien al corazón que no a los oídos de la castellana. Los jardineros, que habían continuado sin interrupción sus trabajos en la huerta y en los jardines, se retiraban con sus instrumentos en el hombro, quitándose respetuosamente el sombrero ante la inmóvil y bella figura de su ama.
