CAPÍTULO 25
PARTE V
Velada sangrienta
CAPÍTULO 25Visible text2 paragraphs
El tumulto y la lucha y asesinatos en las calles cesaron porque, como dijo Rugiero, el parque se acabó a los mexicanos que defendieron palmo a palmo su ciudad. Santa Anna se alejó rumbo a Puebla, y el general Herrera, con los restos del ejército, tomó el camino de Querétaro. Sin esperanza ya los guardias nacionales que tan valientemente lucharon, no les quedó más arbitrio que esconder sus armas que nunca rindieron, y evitar la venganza del enemigo. Las tropas de línea ocuparon ya definitivamente la capital y se estableció el orden y la disciplina, a lo que contribuyó mucho el Ayuntamiento, pero los voluntarios eran incorregibles, y la autoridad y prestigio de que gozaban Mein-Reid y Lane, no eran bastantes a sujetarlos. Estaban derramados por todas las afueras de la capital, ocupando calzadas y ranchos y casas, donde se metían arrojando por la fuerza a los dueños, y talando y apoderándose de lo que encontraban y les convenía. En las casas vacías y abandonadas del rumbo de San Jacinto, no encontraban comodidades ni víveres, y les ocurrió trasladarse a la quinta, donde observaron que había gente.
Hacia la media noche del día 16 de Septiembre de 1847, en que pasaron en México los acontecimientos que acabamos de referir, un grupo de quince o veinte salvajes se dirigieron del campamento donde estaban a la reja de fierro que precedía a la puerta grande de la quinta, y que era todo lo que constituía la fachada por el frente lisa y sin ventanas ni balcones. Era la primera muralla, según se ha explicado ya.
