Las noches mejicanas by Gustave Aimard — Read

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El silencio más profundo reinaba en el campo; la brisa nocturna había parado por completo. Sólo el incesante susurro de los infinitamente pequeños, dedicados sin reposo a la desconocida labor para la cual los ha creado la Providencia, turbaba la quietud de la noche; por el oscuro azul del firmamento no cruzaba nube alguna; de las estrellas partía una suave claridad, y los rayos lunares difundían sobre la tierra resplandores crepusculares, dando apariencias fantásticas a los árboles y a las colinas, los cuales proyectaban larguísima sombra; por la atmósfera, de limpidez tal que permitía oír el pesado y sacudido vuelo de los coleópteros al girar zumbando en torno de las ramas, cruzaban azulados reflejos, y al través de las altas hierbas, a las cuales iluminaban con su fosfórica luz, revoloteaban millares de luciérnagas.

En suma, era una de las templadas y límpidas noches mejicanas, desconocidas en nuestros fríos climas menos favorecidos por el cielo; una de esas noches que sumergen el alma en divagación melancólica y suave.

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