Las noches mejicanas by Gustave Aimard — Read

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Domingo seguía adelante paso ante paso, sosteniendo con mano firme al herido tendido sobre la silla de su caballo y vigilándole como una madre a su hijo, sin otro deseo que él de llegar lo más pronto posible al rancho a fin de prestar a aquel desconocido que a no ser él habría muerto por modo tan miserable, todos los cuidados que su estado reclamaba todavía.

No obstante la impaciencia que devoraba a Domingo, por desgracia a éste le era imposible apresurar el paso de su caballo al través de aquellos caminos cruzados de torrentes y casi impracticables, si no quería exponer a grave accidente al herido. Así pues, cuando al encontrarse a dos o tres tiros de fusil del rancho vio que se dirigían corriendo hacia él gran número de personas, si bien de momento no conoció quienes eran experimentó una satisfacción indecible, pues representaban un socorro, y éste, por más que le contrariase confesarlo, le era ya necesario a él y sobre todo al herido, porque hacía ya muchas horas caminaba penosamente al través de senderos intransitables al mismo tiempo que se veía obligado a velar constantemente por aquel a quien por milagro tan incomprensible salvara de una muerte cierta y al que el más leve descuido podía cortar instantáneamente el hilo de la existencia.

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