Las noches mejicanas by Gustave Aimard — Read

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Oliverio y Domingo, después de haber salido del rancho, caminaron durante un buen rato y mano a mano, sin cruzar palabra; el aventurero parecía entregado a la meditación, y el vaquero, por su parte y a pesar de su aparente indolencia no dejaba de estar preocupado.

Domingo, de quien hemos esbozado el retrato físico en uno de los capítulos precedentes, era, en lo moral, una singular amalgama de buenos y malos instintos, si bien casi siempre predominaban en él los buenos: la vida vagabunda que por espacio de largos años llevara entre los indómitos indios de las praderas, había desarrollado en él un gran vigor corporal y desenvuelto una increíble fuerza de voluntad y una energía de carácter inaudita, unidas a un valor a toda prueba y a una sutileza que a las veces asumía todas las apariencias de la doblez. Astuto y desconfiado como un comanche, había traído a la vida civilizada todas las prácticas de los batidores de selvas, no dejándose nunca sorprender por los acontecimientos más imprevistos. A las miradas escrutadoras oponía siempre un rostro impasible y fingía un candor que a menudo engañaba a los más sagaces; sin embargo, por regla general era franco hasta dejarlo de sobras, generoso sin límites, sensible como un niño, y llevaba su devoción hacia aquéllos a quienes quería, hasta el sacrificio, sin reflexión ni segundos fines; pero en contra era implacable en sus odios y de verdadera fiereza india.

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