Las noches mejicanas by Gustave Aimard — Read

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Los nevados picachos del Popocatepetl se teñían de rojizos reflejos, las últimas estrellas se apagaban en el firmamento y la cúspide de los edificios se vestía de ópalo: quebraba el alba. Méjico dormía aún; por sus silenciosas calles no cruzaban sino a largos intervalos y apresuradamente algunos indios procedentes de los pueblos circunvecinos para vender sus frutas o sus legumbres, y una que otra tienda de pulquero entreabría tímidamente su puerta y se preparaba a servir a los consumidores matutinos la dosis de fuerte licor, prólogo obligado de la labor cotidiana.

En el Sagrario sonaron las cuatro y media, y de la calle de Tacuba salió un jinete que cruzó al trote la plaza Mayor y vino en línea recta a detenerse a la puerta del palacio de la Presidencia, custodiada por dos centinelas.

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